07/07/2026

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Formación de Formadoras: formar a quienes forman a los demás

Formación de Formadoras: formar a quienes forman a los demás

 

 

Continuando nuestra serie de testimonios de participantes del Programa de Preparación para Formadoras, compartimos la experiencia de Hna. Lydia Apili Bwor, miembro de las Hermanitas de María Inmaculada de Gulu.

En esta entrevista, comparte cómo su comprensión de la formación ha evolucionado: de verla como una tarea de preparar a los demás a descubrir que es, ante todo, un camino permanente de transformación personal. Subraya que la auténtica formación comienza en el propio interior y que la propia vida, más que las palabras, se convierte en un testimonio que forma a los demás. También explica cómo el proceso de adaptarse a una nueva cultura, un nuevo entorno y una nueva comunidad ha fortalecido su empatía hacia las personas a las que acompañará en el futuro. Finalmente, recuerda que la formación está siempre al servicio de la misión de Cristo, vivida en comunión con la Iglesia y para la vida del mundo.

 

¿Cómo ha evolucionado su comprensión de la formación durante estos últimos meses?
Mi comprensión de la formación ha ido evolucionando desde que llegué aquí, en enero, hasta ahora. He profundizado en el significado de la formación y ahora sé que no se trata simplemente de formar a los demás. La formación consiste, ante todo, en formarme a mí misma interiormente, dejándome transformar para poder formar a otras personas. Incluso sin hablar, mi manera de vivir puede formar a los demás cuando yo misma vivo un auténtico proceso de autoformación.

 

Mirando hacia el futuro, ¿qué aspectos de su formación siente que está llamada a profundizar o fortalecer?
Es importante llevar la formación en el corazón, porque la vida consagrada no es para una persona sola. Nace en la Iglesia, crece en la Iglesia y debe dar fruto en la Iglesia.

La misión también pertenece a la Iglesia; no es la misión de una congregación ni la de una persona individual. La misión es de la Iglesia, y la Iglesia es Cristo. Por eso valoro profundamente las enseñanzas que hemos recibido sobre la formación y sobre la misión de Cristo, una misión en la que yo también participo junto con muchas otras personas. Todos estamos caminando al servicio de la misión de Cristo.

Por eso deseo profundizar cada vez más en mi comprensión de la misión de Cristo dentro de la Iglesia.

 

¿Qué desafíos ha encontrado durante este período de formación y cómo ha respondido a ellos?
Uno de los principales desafíos ha sido la intensidad del programa. Es un proceso exigente porque todas vivimos en lugares diferentes y cada mañana tenemos que desplazarnos para asistir a las clases. Además, ya no somos tan jóvenes. Tomar el autobús cada mañana y cada tarde ha sido un pequeño reto.

Para quienes no somos de Italia, otro desafío fue aprender a movernos por la ciudad: conocer los números de los autobuses, las paradas y los horarios. Pero eso es algo normal cuando una persona llega a un lugar nuevo. Al principio fue un desafío, pero ahora ya sabemos qué autobús tomar, dónde bajar y a qué hora pasa. Gracias a Dios, fue un desafío y no un problema, y logramos superarlo.

Otro desafío fue el clima. Llegamos en enero y, aunque no hacía un frío extremo, para quienes venimos de África las temperaturas eran bastante bajas. Gracias a Dios, no hemos tenido problemas importantes de salud. Hasta ahora, ninguna de las 46 participantes ha sufrido dificultades graves, y por ello damos gracias a Dios.

Más que hablar de desafíos, diría que hemos vivido un cambio de ambiente, algo completamente normal, y el proceso de conocer una cultura diferente, que también forma parte de cualquier nueva experiencia.

De hecho, todo esto ha sido una gran enseñanza para nosotras, porque las jóvenes que ingresarán en nuestras congregaciones y a quienes acompañaremos en el futuro vivirán experiencias similares. Ellas también llegarán a un entorno nuevo, conocerán personas diferentes y se encontrarán con una cultura distinta.

Todo lo que hemos vivido nos ayudará a acompañarlas mejor. Personalmente, ahora valoro aún más el hecho de que la vida religiosa sea una realidad abierta. Entramos en una nueva familia y, tal como ha sucedido aquí, aunque todas venimos de lugares diferentes, hemos creado vínculos profundos y nos hemos convertido en una verdadera comunidad.

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