12/04/2026

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Transformadas por la Esperanza – Domingo de la Misericordia: « La paz con ustedes »

Transformadas por la Esperanza – Domingo de la Misericordia: « La paz con ustedes »

 

« Transformadas por la Esperanza » se presenta como un espacio de escucha y discernimiento a partir de los Evangelios dominicales que acompañan nuestro camino.


La iniciativa se sitúa en el horizonte abierto por el Jubileo y desea prolongar su gracia, continuando a vivir nuestra vocación como peregrinas de esperanza en medio de los desafíos del tiempo presente.


Cada semana, a la luz de la Palabra de Dios, contemplamos un aspecto de la conversión a la que somos llamadas, dejándonos guiar por el Espíritu.


Para el Domingo de la Misericordia, el comentario del Evangelio está acompañado por la reflexión de Madre Rita Tenerezza Ocloo, Superiora General de las Hermanas de la Visitación de Santa María y delegada coordinadora de la Constelación Italia - C8.

 

En este Domingo de la Misericordia estamos llamados a meditar sobre el Evangelio de Juan (20,19-31), que nos presenta dos escenas principales: en primer lugar, la aparición de Cristo resucitado a los discípulos encerrados por el miedo, y luego el encuentro de Jesús con Tomás, ausente durante la primera visita. Este Evangelio es inmensamente rico en significado espiritual, porque habla de miedo, misión, misericordia, fe y de la presencia de Cristo resucitado en una comunidad frágil. Leído a la luz de la vida religiosa femenina, este texto se vuelve particularmente fecundo: ilumina cómo las Consagradas están llamadas a vivir la fe pascual, a llevar la paz de Cristo, a convertirse en signo de esperanza y a creer incluso cuando viven dificultades, silencio o incertidumbre.

 

La primera imagen potente es la de los discípulos encerrados: "las puertas estaban cerradas por miedo". Este miedo no es solo un detalle psicológico; simboliza el estado interior de una comunidad herida y decepcionada, aún marcada por la Pasión. Jesús vino entonces en medio de ellos sin reproches ni condenas. Sus primeras palabras fueron: "Paz a vosotros". El Resucitado no comenzó preguntando el porqué; comenzó restableciendo la paz. Para la vida religiosa, este detalle es esencial. Muchas Consagradas hoy experimentan también formas de "puertas cerradas": cansancio apostólico, soledad, falta de vocaciones, comunidades que envejecen, incomprensiones en su misión y, a veces, incluso desánimo interior. Sin embargo, el Cristo resucitado no se sitúa fuera de estas realidades; entra precisamente allí donde la fragilidad es mayor.

 

Por lo tanto, en una comunidad religiosa, cuando una consagrada atraviesa un periodo de aridez espiritual, cuando una superiora debe asumir pesadas responsabilidades, o cuando una congregación se interroga sobre su propio futuro, este Evangelio recuerda una verdad fundamental: la Resurrección a menudo comienza precisamente en el corazón de lo que parecía bloqueado o perdido. Cuando permitimos al Resucitado entrar "en medio de nuestras fragilidades", estas dificultades se convierten en un lugar de renovación, de creatividad apostólica y de fidelidad más profunda.

 

En un segundo momento, tras haber dado su paz, Jesús muestra las manos y el costado. El Resucitado no borra las heridas de la Cruz, sino que las conserva trasfiguradas. Esto significa que la gloria cristiana no es una huida del sufrimiento, sino su transformación en el amor. Este punto resuena profundamente en nuestra vocación religiosa. Una Consagrada no está llamada a una vida ideal sin heridas, sino a vivir una vida de ofrenda en la que sus propias heridas pueden convertirse en fuente de compasión para los demás. Muchas mujeres consagradas se convierten así en presencias de curación en la Iglesia y en el mundo, porque han aprendido a presentar sus propias heridas a Cristo.

 

Pensemos, por ejemplo, en nuestros servicios a los enfermos, a las mujeres víctimas de violencia, a los niños abandonados, a los presos, a las jóvenes víctimas de la trata de personas y a los ancianos solos. Nuestra fecundidad no deriva solo de nuestras capacidades, sino de esta capacidad evangélica de amar con un corazón traspasado por Cristo. Una consagrada que ha experimentado en primera persona el sufrimiento puede comprender más profundamente al otro en una situación similar. Como Jesús que muestra sus heridas, la vida religiosa se convierte, pues, en testimonio del hecho de que las heridas ofrecidas a Dios pueden convertirse en lugar de vida.

 

Jesús continúa diciendo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». La paz recibida no es, por tanto, nunca una paz dirigida hacia el interior; se convierte en misión. Este es un punto crucial para la vida consagrada. Como consagradas, no estamos llamadas solo a «vivir con Dios» en una relación privada, sino a ser enviadas. Toda nuestra vida es misionera, incluso cuando no desempeña un apostolado visible. Independientemente de la naturaleza de nuestras misiones —por ejemplo, una contemplativa que reza en un monasterio, una maestra en una escuela, una enfermera en un ambulatorio, una catequista en una aldea, una directora espiritual en una casa de reposo—, todas participan en esta misión de Cristo.

 

En muchos contextos, una consagrada que sostiene las obras de misericordia u otras actividades hace visibles las palabras del Señor Resucitado: "Yo os envío". No actúa simplemente como asistente social o educadora; es un signo de un Cristo vivo que continúa tendiendo la mano a su pueblo.

El gesto siguiente es aún más potente: Jesús sopla sobre ellos y dice: "Recibid el Espíritu Santo". Este soplo recuerda la creación de Adán en el Génesis. El Señor Resucitado recrea su comunidad. Genera un pueblo nuevo. Para la vida Consagrada, esto significa que ninguna fidelidad duradera es posible sin el soplo del Espíritu. Una comunidad puede tener reglas, estructuras, obras, una historia magnífica, pero sin el Espíritu Santo, se marchita. Es el soplo de Cristo resucitado el que permite a una consagrada continuar amando en la monotonía de la vida cotidiana, en la repetición de tareas sencillas, en actos de servicio ocultos y poco reconocidos.

 

Pensemos en una consagrada que, durante treinta años, ha cocinado para una comunidad, o en una hermana anciana que ya no puede salir pero que reza cada día por las misiones, o en una novicia que aprende pacientemente a conocer las realidades de la vida comunitaria a pesar de las diferencias de personalidad. Exteriormente, esto puede parecer ordinario. Sin embargo, es a menudo en estas situaciones donde el Espíritu Santo plasma la santidad. La vida Consagrada demuestra que el soplo de Dios obra también en una fidelidad discreta, humile y perseverante.

 

El texto pone luego de relieve a Tomás, el que duda. Quiere ver, tocar, verificar. A veces tendemos a juzgarlo severamente, pero en realidad nos representa a muchos de nosotros. Su dificultad para creer es similar a la nuestra. A veces nos sucede vivir momentos en los que nos preguntamos: "¿Está Cristo realmente aquí? ¿Mi vocación da todavía fruto? ¿Tiene sentido mi compromiso?". El duda no es siempre sinónimo de infidelidad; todas estas dudas/preguntas pueden ser una etapa en la purificación de la fe.

 

Lo maravilloso es que Jesús no rechaza a Tomás. Ocho días después, vuelve a buscarlo. Esto es muy importante para la vida comunitaria femenina: Cristo encuentra a cada una de nosotros allí donde nos encontramos. Una comunidad religiosa no está compuesta por mujeres perfectas, sino por mujeres en camino. Algunas proceden con una fe serena; otras atraviesan luchas interiores. La verdadera hermandad consiste, por tanto, en no excluir a quien duda, a quien es más lenta, a quien está herida o es más frágil. Una comunidad evangélica es una comunidad que sabe esperar, sostener, escuchar y acompañar.

 

Podemos pensar en una joven hermana en formación que atraviesa una crisis vocacional después de algunos años de profesión, o en una hermana que regresa marcada por una experiencia difícil de su misión. Una comunidad pascual no dirá: "Solo tiene que recuperarse", sino que buscará hacerle espacio, tal como Jesús hizo espacio a Tomás hasta que pudo reafirmar su fe.

 

El culmen del pasaje es la confesión de Tomás: "¡Señor mío y Dios mío!". Esta afirmación es una de las profesiones de fe más bellas de todo el Evangelio de Juan. Tomás pasa de la duda a la adoración. Para una religiosa, esta afirmación puede convertirse en un verdadero programa espiritual. La vida consagrada no es principalmente un conjunto de tareas, horarios o responsabilidades; es fundamentalmente una respuesta de amor a Cristo, reconocido como Señor y Dios. Una consagrada fiel es ante todo una mujer que, en medio de su vida cotidiana, proclama interiormente: «Señor mío y Dios mío».

 

Esta profesión de fe se concreta en la oración, en la Eucaristía, en la Liturgia de las Horas, en el servicio a los pobres, en la vida fraterna, en la obediencia, en la castidad consagrada y en la pobreza evangélica. Cuando una monja se renuncia a sí misma para servir a una hermana enferma, cuando elige la paciencia en lugar de la dureza, cuando permanece fiel a la oración a pesar de su aridez, dice con sus acciones: «Señor mío y Dios mío».

 

Finalmente, Jesús concluye con una bienaventuranza que toca profundamente nuestro tiempo: "Dichosos los que no han visto y han creído". Esta afirmación es particularmente iluminadora para la vida religiosa de hoy. Muchas consagradas prestan servicio en contextos en los que no ven inmediatamente los frutos de su misión. Enseñan sin ver siempre los resultados, rezan por intenciones sin una respuesta visible, acompañan a personas que no cambian enseguida, trabajan en la sombra. Sin embargo, continúan creyendo. Esta fe sin ver es una gran belleza de la vida consagrada. Y nos permite experimentar esta bienaventuranza a la que el Resucitado nos invita: creer sin ver inmediatamente.

 

Podría resumir que el Evangelio de Juan 20,19-31 es un texto pascual que habla con fuerza a la vida religiosa. Nos recuerda que Cristo Resucitado entra en los espacios cerrados de nuestros miedos, que transforma las heridas en fuente de vida, que da su paz, que nos envía en misión, que infunde su Espíritu, que nos acompaña en los momentos de duda y que nos conduce a una fe más profunda. A la luz de este Evangelio, una consagrada aparece como una mujer de Pascua: una mujer que acoge la paz de Cristo, que vive de su Espíritu, que sirve a pesar de las pruebas y que se convierte en la Iglesia en un signo discreto pero potente de la Resurrección.

 

Por tanto, la vida religiosa solo puede ser plenamente comprendida a través de Cristo Resucitado que vive en medio de su comunidad. Dondequiera que una consagrada rece, sirva, perdone, persevere y espere, Cristo continúa entrando a través de puertas cerradas para decir al mundo: «Paz a vosotros». Y este es mi deseo para todas nosotras consagradas, signo profético y de Esperanza para el mundo.

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