22/02/2026

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Tailandia, la compasión entre las aldeas de Chiang Mai

Tailandia, la compasión entre las aldeas de Chiang Mai

 

 

Después del camino que nos ha acompañado hacia el Jubileo de la Vida Consagrada (8–12 de octubre de 2025), deseamos seguir caminando en la senda de la Esperanza, dejándonos inspirar por nuevos testimonios del Sisters Project de Vatican News, que publicaremos semanalmente en nuestro sitio web.

 

En el norte de Tailandia, las Hermanas Misioneras Identes viven en medio de aldeas de montaña de diversas etnias, ofreciendo escucha, diálogo interreligioso y solidaridad. Su presencia es un puente de amistad y servicio entre culturas diferentes y, a menudo, alejadas de la tradición católica, con un firme compromiso por la dignidad humana y la inclusión.

 

 

«No temáis nuestra pequeñez: a veces escuchar a alguien con el corazón es el anuncio más profundo del Evangelio». Con estas palabras, Yotsaya, misionera, ofrece una de las claves de la misión entre las aldeas tailandesas de los pueblos Karen, Lahu, Akha, Hmong y Lisu. Allí la vida depende de los trabajos diarios y de una agricultura incierta. Los jóvenes abandonan pronto la escuela; los ancianos y los niños son los más expuestos al smog, a las inundaciones y a la precariedad. En medio de estas fragilidades, la presencia católica, una pequeña minoría en un país mayoritariamente budista, se convierte en compasión, atención y convivencia.


Una Iglesia joven y minoritaria

 

En el norte de Tailandia, el anuncio del Evangelio llegó solo después de la Segunda Guerra Mundial, arraigándose entre los pueblos tribales de las montañas. Hoy los católicos siguen siendo una pequeña fracción, pero la Iglesia ha elegido ser misionera: las relaciones con las demás religiones no se limitan a encuentros formales, sino que se forjan en los poblados y en las escuelas, donde proyectos agrícolos, sanitarios y educativos se convierten en espacios compartidos que entretejen la vida de familias de distintas creencias. La Iglesia participa en las fiestas, en los cantos y en las tradiciones locales, eligiendo no sustituir, sino insertarse como una presencia amiga que custodia y fortalece la cohesión social.

«Celebramos en tailandés —explica el padre Thinnakorn, misionero idente—, pero la gente responde en su propia lengua, y los cantos transmiten una espiritualidad que no necesita traducción». Las liturgias y la catequesis suelen estar inculturadas, marcadas por el uso de las lenguas locales y la atención a las tradiciones tribales. Muchos fieles pertenecen a los grupos Karen, Lahu, Akha, Hmong y Lisu, con un profundo sentido comunitario que se convierte en terreno fértil para el testimonio cristiano.

En la capital, la misión adquiere otro rostro. «Muchos jóvenes llegan solos, sin familia ni redes de apoyo», relata Cristina. «La primera necesidad es alguien que los escuche». A su lado, Esterlicia añade: «No basta con un paquete de alimentos. Ofrecer oportunidades de estudio y de crecimiento es la manera de devolverles la confianza».


Falta de futuro, la verdadera miseria

 

«Una chica de catorce años deseaba seguir estudiando —cuenta Yotsaya—, pero sabía que pronto tendría que dejarlo para ayudar a su familia». Y añade: «Eso me hizo comprender que la pobreza no consiste solo en la falta de dinero, sino en la falta de oportunidades y en un futuro negado». Esa es la verdadera indigencia: no tener horizonte.

En las aldeas, los niños comparten sus dulces, los vecinos se ayudan en la adversidad, pero la incertidumbre persiste. Trabajos esporádicos, migraciones forzadas, jóvenes que abandonan la escuela, ancianos y pequeños más vulnerables ante el smog y los desastres naturales: la pobreza aquí tiene el rostro concreto de las decisiones imposibles y de las vidas suspendidas.


Las heridas que se hacen consuelo

 

«Conocimos a un matrimonio anciano que había perdido a sus dos hijos», recuerda Esterlicia. «Al principio no querían ver a nadie. Luego, visita tras visita, volvieron a sonreír». En gestos tan sencillos cobra forma esta misión: cercanía, escucha, amistad fiel que devuelve dignidad y valor.2


Un corazón que acompaña

 

La misión de Chiang Mai se construye en las relaciones. Su labor pastoral está entrelazada con el compromiso social y caritativo: escuelas, hospitales, dispensarios, proyectos agrícolas y programas de desarrollo para las comunidades de montaña. Una atención especial se dirige a los pobres, a los migrantes, a los menores y a las personas vulnerables.

El diálogo interreligioso es cotidiano, con monjes budistas, laicos musulmanes y comunidades animistas, y se traduce en iniciativas comunes por el medioambiente, la paz y la educación. «Vivir en medio de estas dificultades —explican Thinnakorn y Thannoungsak— nos ha hecho entender que la consagración significa compartir la vida concreta: no solo enseñar, sino permanecer al lado con un corazón que acompaña».


La fuerza de la sencillez

 

Veintitrés años después de su llegada a Chiang Mai, los misioneros y las misioneras continúan su presencia silenciosa y tenaz. «La sencillez: incluso lo pequeño tiene un gran valor, porque testimonia a un Dios siempre cercano a los más humildes», subraya Yotsaya. «He aprendido que tener un corazón manso y compasivo es un camino para comprender el amor de Dios y vivir como hermanos bajo un mismo Padre». En la pequeñez de los gestos cotidianos, el Evangelio encuentra su rostro más creíble.

 

Artículo de Eleanna Guglielmi – Vatican News

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