28/01/2026
Noticias del Vaticano
Profecía de la presencia: la vida consagrada donde la dignidad está herida y la fe es puesta a prueba
Profecía de la presencia: la vida consagrada donde la dignidad está herida y la fe es puesta a prueba
Mensaje del Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica a las consagradas y los consagrados de todo el mundo
En un tiempo marcado por conflictos, fragilidades sociales, migraciones forzadas y pruebas para la fe, la vida consagrada continúa siendo una presencia que permanece: junto a las personas heridas, en los lugares donde la dignidad está herida y la esperanza parece frágil.
Con este mensaje, el Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica se dirige a las consagradas y los consagrados de todo el mundo para expresar reconocimiento por su fidelidad al Evangelio y ofrecer una palabra de ánimo y de discernimiento para la vida consagrada en el contexto histórico actual.
El texto recuerda la vocación de la vida consagrada como profecía del “permanecer”: una fidelidad que no es inmovilidad ni resignación, sino esperanza activa, capaz de generar paz, custodiar la dignidad de las personas y dar testimonio del Evangelio incluso en las situaciones más complejas y marcadas por la prueba.
La UISG acoge y comparte este mensaje como palabra de comunión eclesial y de responsabilidad compartida, invitando a las congregaciones y a las personas consagradas de todo el mundo a leerlo como un apoyo en el camino cotidiano de presencia, escucha y servicio.
A continuación, el texto íntegro del mensaje (Descargar como PDF).
Vaticano, 28 de enero de 2026
Profecía de la presencia: vida consagrada donde la dignidad está herida y la fe es puesta a prueba
Queridos consagrados y consagradas:
Con esta carta deseamos llegar idealmente a todos los rincones del mundo, a los lugares de vuestra vida y de vuestra misión, para expresaros nuestro agradecimiento por vuestra fidelidad al Evangelio y por el don de una vida que se convierte en semilla esparcida en los surcos de la historia. Una vida a veces marcada por la prueba, pero vivida siempre como signo de esperanza.
Durante el último año, en los viajes y visitas pastorales del Dicasterio, se nos ha concedido el don de entrar en contacto con esta vida y dejarnos interpelar por ella, encontrándonos con los rostros de numerosas personas consagradas llamadas a compartir situaciones complejas: contextos marcados por conflictos, inestabilidad social y política, pobreza, marginación, migraciones forzadas, minorías religiosas, violencia y tensiones que ponen a prueba la dignidad de las personas, la libertad y, a veces, la propia fe. Experiencias que revelan cuán fuerte es la dimensión profética de la vida consagrada como «presencia que permanece» junto a los pueblos y a las personas heridas, en lugares donde el Evangelio se vive a menudo en condiciones de fragilidad y prueba.
Este «permanecer» asume diferentes rostros y esfuerzos, porque diversas son las complejidades de nuestras sociedades: allí donde la vida cotidiana está marcada por fragilidades institucionales e inseguridad; allí donde las minorías religiosas viven presiones y restricciones; allí donde el bienestar convive con soledades, polarizaciones, nuevas pobrezas e indiferencia; allí donde las migraciones, las desigualdades y la violencia generalizada desafían la convivencia civil. En muchas partes del mundo, la situación política y social pone a prueba la confianza y desgasta la esperanza; y es precisamente allí donde vuestra presencia fiel, humilde, creativa y discreta se convierte en un signo de que Dios no abandona a su pueblo.
El «permanecer» evangélico nunca es inmovilidad ni resignación, sino esperanza activa, que genera actitudes y gestos de paz, palabras que desarman precisamente allí donde las heridas de los conflictos parecen borrar la fraternidad; relaciones que dan testimonio del deseo de diálogo entre culturas y religiones; opciones que protegen a los pequeños, incluso cuando estar de su lado exige un precio; paciencia en los procesos, también dentro de la comunidad eclesial; perseverancia en la búsqueda de caminos de reconciliación que se han de construir en la escucha y la oración; valentía en la denuncia de situaciones y estructuras que niegan la dignidad de las personas y la justicia. Precisamente por eso, este permanecer no es solo una elección personal o comunitaria, sino que se convierte en una palabra profética para toda la Iglesia y para el mundo.
En este permanecer como semilla que acepta morir para que la vida florezca, en formas diferentes y complementarias, se expresa la profecía de toda la vida consagrada.
La vida apostólica hace visible una proximidad activa que sostiene la dignidad herida; la vida contemplativa custodia la esperanza, mediante la intercesión y la fidelidad, cuando la fe es puesta a prueba; los institutos seculares dan testimonio del Evangelio como levadura discreta en las realidades sociales y profesionales; el Ordo virginum manifiesta la fuerza de la gratuidad y la fidelidad que abre al futuro; la vida eremítica recuerda la primacía de Dios y la centralidad de lo esencial, que desarma el corazón. En la diversidad de las formas, una sola es la profecía que toma cuerpo: permanecer con amor, sin abandonar, sin callar, haciendo de la propia vida Palabra para este tiempo y para este momento de la historia.
Es precisamente en esta profecía del permanecer donde madura un testimonio de paz. El Papa León XIV lo ha recordado con insistencia en sus intervenciones, indicando la paz no como una utopía abstracta, sino como un camino exigente y cotidiano, que requiere escucha, diálogo, paciencia, conversión de la mente y del corazón, y rechazo de la lógica de la prevaricación del más fuerte. La paz no nace de la rivalidad, sino del encuentro, de la responsabilidad compartida, de la capacidad de escuchar y de caminar sinodalmente, y, por lo tanto, del amor a todos en la senda del Evangelio, según el cual todos somos hermanos. Así, cuando la vida consagrada permanece junto a las heridas de la humanidad sin ceder a la lógica del enfrentamiento, pero sin renunciar a proclamar la verdad de Dios sobre el hombre y la historia, se convierte —a menudo sin ruido— en artífice de paz.
Queridos hermanos y hermanas consagrados, os damos las gracias por vuestra perseverancia cuando los frutos parecen lejanos, y por la paz que sembráis incluso cuando no es reconocida.
Sigamos custodiando como grato recuerdo la experiencia del Jubileo de la vida consagrada, que nos ha invitado a ser peregrinos de esperanza por el camino de la paz. No se trata de un eslogan ni de una fórmula: lo hemos experimentado de manera concreta también en el camino que ha preparado nuestro encuentro en Roma. Es, más bien, un estilo evangélico que estamos llamados a seguir encarnando, cada día, allí donde la dignidad está herida y la fe es puesta a prueba.
Encomendamos al Señor a cada uno y cada una de vosotros, para que os fortalezca en la esperanza y os haga mansos de corazón, capaces de permanecer, de consolar y de recomenzar, y para que seáis así, en la Iglesia y en el mundo, profecía de la presencia y semilla de paz.
Hna. Simona Brambilla, M.C.
Prefecta
Ángel F. Card. Artime, S.D.B.
Pro-Prefecto
Hna. Tiziana Merletti, S.F.P.
Secretario
Noticias relacionadas
Noticias del Vaticano
Domingo 01 Febrero 2026
Las hermanas canosianas ayudan a las chicas masái a superar tradición y pobreza
Lea
Noticias del Vaticano
Lunes 26 Enero 2026
Custodiar voces y rostros humanos: el Mensaje del Papa León para la 60ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales
Lea
Noticias del Vaticano
Domingo 25 Enero 2026
Ecuador: En las comunidades indígenas la misión que lleva a los jóvenes
Lea
Noticias
Jueves 22 Enero 2026
Las Teresianas celebran sus 150 años de historia
Lea