20/08/2026

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Lampedusa: un mes que me abrió los ojos y el corazón

Lampedusa: un mes que me abrió los ojos y el corazón

 

Desde 2015, una comunidad intercongregacional de religiosas de diferentes países está presente en Lampedusa, acogiendo a los migrantes y construyendo puentes con la comunidad local. En colaboración con la Guardia Costera italiana y otras organizaciones presentes en la isla, las hermanas acompañan también a la comunidad de Lampedusa, participando en la vida de la parroquia.

 

En el marco del Proyecto Migrantes en Sicilia de la UISG, la Hna. Diane ... comparte su experiencia de un mes en Lampedusa: una experiencia que le abrió los ojos y el corazón, ayudándola a reconocer el rostro de Cristo y la llamada del Evangelio a acoger y acompañar con compasión.

 

 

Cuando llegué a la pequeña isla de Lampedusa a finales de junio de 2026, llevaba conmigo la misma vaga conciencia que muchos canadienses tienen de la crisis migratoria en el Mediterráneo. Sabía que el mar se había convertido en un cementerio para innumerables refugiados y migrantes que huían de la violencia, la pobreza y la explotación. Sabía que el papa Francisco había visitado la isla en 2013, invitando al mundo a despertar de su «globalización de la indiferencia». Pero debo admitirlo: no lo comprendía realmente.

 

Mi mes en Lampedusa no fue largo y, sin embargo, fue suficiente para sacudirme, enseñarme e invitarme a una atención cristiana más profunda. Fue un tiempo de gracia, de incomodidad y de profundos encuentros humanos. Dejé la isla con el corazón a la vez apesadumbrado y agradecido: apesadumbrado por el sufrimiento que había visto, agradecido por haber tenido la posibilidad de estar presente, aunque fuera de la manera más pequeña.

 

Descubrir la dura realidad que se esconde detrás de la travesía

 

Al venir de Canadá, he vivido lejos de las realidades cotidianas de la migración forzada. Incluso durante los años que pasé en el Sudeste Asiático, la tragedia que se desarrollaba en el Mediterráneo me parecía lejana. Sabía que la travesía era peligrosa; sabía que se perdían vidas. Pero no conocía —no realmente— la profundidad del sufrimiento que estas personas afrontan mucho antes de que las embarcaciones lleguen a las aguas europeas.

 

En Lampedusa conocí historias de encarcelamiento, tortura y violaciones sistemáticas de los derechos humanos sufridas por refugiados y migrantes en Libia. Escuché relatos de extorsión, hambre y violencia tan graves que el mar, con todos sus riesgos, parecía ser el único camino hacia la esperanza. Me quedé conmocionada no solo por la crueldad, sino también por la pasividad de la comunidad internacional. ¿Cómo es posible que un sufrimiento así pueda continuar, provocando tan poca indignación y tan pocas acciones concretas?

 

Esta nueva conciencia fue dolorosa. Hizo que se derrumbara mi tranquila ignorancia. Y, sin embargo, como cristianos, sabemos que la verdad —incluso cuando es difícil de aceptar— es una gracia. Nos llama a la conversión. Nos llama a la solidaridad. Nos llama a reconocer el rostro de Cristo en quienes sufren y a preguntarnos qué significa ser discípulos en un mundo en el que tantas vidas son consideradas prescindibles.

 

El ministerio de la presencia en el muelle

 

Durante mi estancia, me uní a una comunidad intercongregacional formada por tres hermanas, cuya misión era sencilla: acoger a los migrantes a su llegada al muelle. Cada vez que recibíamos la noticia de que un barco de la Guardia Costera se acercaba, nos dirigíamos al puerto. Allí estábamos junto a la Guardia Costera italiana, la Guardia Costera europea, ACNUR, la OIM y Save the Children, todas ellas organizaciones con importantes responsabilidades y tareas urgentes. Nuestro papel era diferente. Estábamos allí simplemente para ofrecer una presencia humana y compasiva.

 

Parecía poco. Parecía insuficiente. Y, sin embargo, pronto aprendí hasta qué punto puede ser poderosa una presencia tan sencilla.

 

Recuerdo a un grupo de jóvenes, quizá de unos veinte años, que desembarcaron una tarde de intenso calor. Iban descalzos, cojeaban, estaban exhaustos y desorientados. Sus rostros reflejaban el peso del trauma y la incertidumbre ante el futuro que tenían por delante. Yo también estaba cansada —el calor era implacable—, pero intenté dar lo mejor de mí, ofreciendo una sonrisa, una palabra amable, un gesto de acogida.

 

Su reacción me sorprendió. Sus hombros se relajaron, sus ojos se suavizaron, me devolvieron la sonrisa y algunos me dieron una ligera palmada en el hombro. En ese momento comprendí que nuestra pequeña presencia importaba. Durante un breve instante, se sintieron vistos, valorados y acogidos.

 

Esta experiencia me recordó algo de lo que hablamos a menudo, pero que fácilmente olvidamos: la calidad de la presencia. En nuestras vidas tan ocupadas, pasamos junto a las personas con prisa, distraídos y preocupados por tantas cosas. Y, sin embargo, Cristo nos llama a estar presentes —verdaderamente presentes— ante las personas que encontramos. En aquel muelle redescubrí el carácter sagrado de un simple encuentro humano.

 

Ser testigo de la indiferencia — y examinar la mía

 

Uno de los momentos más impactantes de mi estancia tuvo lugar en el muelle. Acababa de llegar un grupo de refugiados: jóvenes que llevaban pesados jerséis y pantalones largos a pesar del calor sofocante. Caminaban cojeando sobre el cemento, descalzos, claramente agotados después de su travesía por mar.

 

Al mismo tiempo, otra embarcación entraba en el puerto: un barco de recreo con turistas que bailaban en traje de baño, reían y parecían completamente ajenos al sufrimiento que se desarrollaba a pocos metros de distancia.

 

El contraste era estremecedor. Parecía que dos mundos chocaban: uno marcado por la desesperación y el otro por la despreocupación. Y, sin embargo, esos dos mundos no se veían.

 

Cuando el papa León vino a Lampedusa a principios de julio para llamar la atención sobre la crisis de los refugiados y migrantes, muchas personas acudieron a la isla para participar en la Misa y ver al Santo Padre. Pero pocas preguntaron por los propios refugiados. Pocas parecían preocuparse por lo que estaba sucediendo y sigue sucediendo al final del puerto.

 

Esta indiferencia me perturbó. Pero también me llevó a mirar dentro de mí. ¿Estoy realmente atenta al sufrimiento que me rodea? ¿Paso junto a personas que sufren, absorta en mis propias preocupaciones? ¿No soy capaz de percibir los silenciosos gritos de quienes se cruzan en mi camino?

 

Lampedusa se convirtió en un espejo que reveló no solo la indiferencia del mundo, sino también la mía. Me invitó a cultivar una mirada más compasiva, un corazón más atento.

 

Pasé solo un mes en Lampedusa. No fui testigo de la llegada masiva de refugiados que se produjo en años anteriores. Pero lo que viví fue suficiente para cambiarme. Me abrió los ojos a las duras realidades que afrontan los migrantes. Me enseñó el profundo valor de una presencia sencilla. Y me desafió a enfrentarme a la indiferencia —tanto social como personal— que permite que el sufrimiento permanezca invisible.

 

Estoy profundamente agradecida a la UISG y a mi Congregación por haberme permitido participar en esta misión. Fue un privilegio estar en aquel muelle, ofrecer una sonrisa, ser testigo del coraje y recordar una vez más la llamada del Evangelio: acoger al extranjero, reconocer a Cristo en los más vulnerables y dejar que nuestro corazón se deje tocar por la compasión.

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