03/10/2026
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800 años de Francisco: un carisma que sigue vivo
800 años de Francisco: un carisma que sigue vivo
Ocho siglos después de la muerte de san Francisco de Asís, su testimonio sigue hablando a la vida consagrada y a nuestro tiempo: una invitación a volver a lo esencial del Evangelio.
En 2026 conmemoramos los 800 años de la muerte de san Francisco de Asís. No se trata solo de una fecha que recordar, sino de una oportunidad para redescubrir una visión evangélica de sorprendente actualidad. Francisco eligió vivir el Evangelio con radicalidad: hizo de la pobreza un camino de libertad, de la fraternidad una manera de encontrarse con el otro, de la paz una elección deliberada y de la creación no algo que poseer, sino un don que acoger y cuidar. Su vida sigue planteándonos hoy una pregunta: ¿cómo vivir el Evangelio con esa misma libertad?
Un carisma que sigue generando vida
Desde sus orígenes, la experiencia franciscana implicó profundamente a las mujeres. Clara de Asís, junto con muchas otras, reconoció en la intuición de Francisco un camino de seguimiento de Cristo y lo plasmó desde su propia sensibilidad, dándole nuevas formas. Desde entonces, esta historia nunca se ha interrumpido: generaciones de mujeres consagradas han encarnado el carisma en culturas y contextos muy diversos.
Hoy, numerosas congregaciones femeninas de la familia franciscana expresan esta vitalidad en la educación, el cuidado, el acompañamiento de las personas más vulnerables, la promoción de la justicia y el cuidado de la creación. El carisma permanece vivo precisamente porque sigue siendo acogido, interpretado y vivido.
Fraternidad en un mundo dividido
Entre las intuiciones más profundas de Francisco se encuentra el reconocimiento del otro como hermano y hermana: una fraternidad que supera pertenencias y diferencias y abraza toda la creación. Esta visión adquiere una fuerza particular en un mundo marcado por las guerras, las polarizaciones, las migraciones forzadas, las desigualdades y nuevas formas de exclusión.
Ser hermanos y hermanas significa reconocer que la vida del otro nos concierne. Para la vida religiosa femenina significa acoger y escuchar, crear vínculos, acompañar a quienes son más frágiles y construir comunidades en las que las diferencias no generen distancia, sino que se conviertan en posibilidades de encuentro.
La paz se construye en las relaciones
La paz forma parte esencial de la herencia franciscana. En un momento histórico en el que tantos pueblos viven la tragedia de la guerra, el ejemplo de Francisco nos recuerda que la paz no depende únicamente de las grandes decisiones internacionales: comienza cerca de nosotros, en nuestra manera de hablar, de escuchar, de afrontar los conflictos y de elegir el diálogo.
Para las mujeres consagradas, ser mujeres de paz significa crear espacios de encuentro y reconciliación en las comunidades y en los lugares de misión, permanecer al lado de quienes sufren y mantener viva la esperanza incluso allí donde la violencia parece tener la última palabra.
Una relación diferente con la creación
Francisco llamaba al sol, al agua, a la tierra y a las criaturas «hermano» y «hermana». En estas palabras hay una comprensión profunda: no somos dueños de la creación, sino que formamos parte de ella, dentro de una red de relaciones que nos precede y que nos ha sido confiada.
Esta conciencia interpela también nuestros estilos de vida. La sencillez evangélica puede traducirse en nuestra manera de utilizar los recursos, compartir los bienes, consumir y habitar los espacios, conscientes de que el cuidado de la tierra y el cuidado de las personas, especialmente de las más frágiles, están íntimamente unidos.
Un aniversario que mira al futuro
Celebrar este octavo centenario no significa solo mirar hacia atrás, sino preguntarnos qué puede seguir generando hoy esta herencia. En un tiempo que corre el riesgo de acostumbrarse a la guerra, Francisco invita a la paz; allí donde crecen las divisiones, invita al encuentro; frente a la cultura de la posesión, señala el camino de la sencillez; ante la fragilidad de la casa común, nos recuerda que formamos parte de una misma creación. Para la vida consagrada, es una oportunidad para discernir cómo encarnar este legado en las realidades de nuestro tiempo.
Una invitación a las comunidades religiosas
En este centenario, nos sentimos invitadas a no limitarnos a recordar a Francisco, sino a dejarnos interpelar por su testimonio:
- ¿Qué elección puede hacer más fraternas nuestras comunidades?
- ¿Dónde estamos llamadas a ser presencia de reconciliación?
- ¿Qué cambio en nuestro estilo de vida puede expresar un mayor cuidado de las personas y de la casa común?
Así, el aniversario dejará de ser únicamente el recuerdo de una historia que comenzó hace ocho siglos para convertirse en un impulso que nos lleve a abrir, juntos, nuevos caminos de vida evangélica.