04/03/2026

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3ª Semana de Cuaresma: Transformadas por la Esperanza

3ª Semana de Cuaresma: Transformadas por la Esperanza

 

 

“Transformadas por la Esperanza” se propone como un espacio de escucha y discernimiento sobre los Evangelios dominicales que acompañarán nuestro camino cuaresmal.


La iniciativa, promovida por las Teólogas de la UISG, se sitúa en el horizonte abierto por el Jubileo y desea prolongar su gracia, continuando a vivir nuestra vocación como peregrinas de esperanza en medio de los desafíos del tiempo presente.


Cada semana, a la luz de la Palabra de Dios, contemplaremos un aspecto de la conversión a la que somos llamadas, dejándonos conducir por el Espíritu en el camino hacia la Pascua. Es una invitación a permitir que la esperanza evangélica plasme nuestro modo de creer, de habitar la comunión y de participar en la misión de la Iglesia.


Durante la tercera semana, el comentario al Evangelio de Juan (4, 5-42) está a cargo de la Hna. Mariana Zossi, OP.

“… el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed”

 

 

Todos los años, los dos primeros domingos de cuaresma nos traen el relato de las tentaciones y el de la transfiguración según Mateo, Marcos y Lucas; ellos presentan el comienzo y el final del camino de la pasión de Jesús: la presencia del mal que nos incita a rechazar el proyecto de Dios en nuestra vida y el encuentro con el Señor glorioso que nos fortalece y nos da la gracia para continuar caminando fieles en nuestra cotidianidad. 

 

A partir del tercer domingo, cada ciclo toma un camino diferente hacia la pascua. El ciclo A, el que estamos caminando, sigue un orden en el itinerario bautismal mediante el recurso de tres elementos con una gran carga simbólica: el agua, la luz y la vida. En este tercer domingo detendremos nuestra mirada en el agua como signo de la presencia de Dios en nuestro caminar. Veamos.

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Lo primero que deseamos recuperar de los textos es la necesidad de ser conscientes que estamos de camino. Tanto el pueblo de Israel como el mismo Jesús con sus discípulos “están de camino”. Y en esa conciencia de todavía no haber llegado a la meta, experimentan la necesidad de agua… “tienen sed”. Se sienten agobiados, necesitados y cansados. Es por eso que necesitan detenerse a buscar agua para renovar la fuerza y continuar. 

 

Esta primera clave es fundamental en el proceso cuaresmal y en nuestra vida. Pero hay una diferencia abismal entre lo que experimenta el pueblo y lo que vive Jesús. Más allá de la necesidad vital del agua, la crisis en el desierto pone de manifiesto la falta de confianza en Dios puesto que se cuestionan la buena intención de Moisés y de Dios al rescatarlos de Egipto (“¿para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Sólo para hacernos morir de sed...?”). En el fondo dudaban de que Dios esté realmente con Moisés y con ellos: “¿El Señor está realmente entre nosotros, o no?”. 
 

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En cambio, Jesús se propone compartir la sed con la Samaritana para descubrir junto a ella un agua más profunda que la llevará a saciar sus búsquedas. El encuentro que nos narra el evangelio está muy lejos de pregonar la desconfianza, sino que instaura el diálogo como base para renovar la presencia de Dios en la historia. Pareciera ser que la Samaritana termina proclamando que Dios no se olvidó de ellos y que está acá… en nuestra historia y geografía cotidiana.

 

Lo segundo que quisiéramos resaltar de estos textos es la progresión que nos invitan a vivir. Después que la Samaritana experimenta, a partir del diálogo con Jesús, el encuentro con “el agua viva” abandona a los pies de Jesús el cántaro, símbolo de su pasado y vínculo tradicional con el pozo, en el que había pretendido apagar su sed y de donde había recibido su identidad en el pasado. Se pone en movimiento buscando a otros para compartirles lo que acaba de descubrir en el encuentro con Jesús: que Él era el mesías esperado.

 

 

Una segunda clave: todos nosotros estamos invitados a dejar el cántaro al lado del pozo del viejo Jacob porque tenemos la experiencia de haber encontrado la salvación definitiva. No podemos estar siempre mirando para atrás, nuestra fe y nuestro compromiso siempre debe dar un paso más. Esto es signo de salud y de madurez en nuestra vida. Lo contrario sería la experiencia del pueblo de Israel en el desierto… volvamos a Egipto o permanezcamos en el desierto sin avanzar. Es cómodo, pero… ¡nuestra vida se transforma en una meseta!

 

Por último, Jesús aparece junto al pozo “fatigado del camino”, teniendo sed y pidiéndole que la Samaritana le de beber. Si estamos atentos a la lectura del texto lo que en última instancia transmite Juan es que Jesús tiene sed de comunicarse, de darse, de que todos conozcan el “don de Dios”, que beban del agua vida; tiene sed de salvar a la humanidad.

 

La última clave: ¡qué bueno sería comprender la propuesta del reino que trae Jesús como una propuesta de humanidad! Que el encuentro que nos propone siempre nos lleva a ser más nosotros mismos en plenitud: mujeres y hombres felices, con palabras, que se cuestionan sus vidas, que aman y se juegan por lo que saben es verdadero, personas que buscan desde el estudio, la investigación y el compromiso, el bien de los demás, seres que no están solos, sino que viven con otros desde el respeto y el servicio desinteresado.

 

Que hoy, en este camino cuaresmal, el Señor renueve en nosotros esta sed de humanidad.

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