25/02/2026

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2ª Semana de Cuaresma: Transformadas por la Esperanza

2ª Semana de Cuaresma: Transformadas por la Esperanza

 

 

“Transformadas por la Esperanza” se propone como un espacio de escucha y discernimiento sobre los Evangelios dominicales que acompañarán nuestro camino cuaresmal.


La iniciativa, promovida por las Teólogas de la UISG, se sitúa en el horizonte abierto por el Jubileo y desea prolongar su gracia, continuando a vivir nuestra vocación como peregrinas de esperanza en medio de los desafíos del tiempo presente.


Cada semana, a la luz de la Palabra de Dios, contemplaremos un aspecto de la conversión a la que somos llamadas, dejándonos conducir por el Espíritu en el camino hacia la Pascua. Es una invitación a permitir que la esperanza evangélica plasme nuestro modo de creer, de habitar la comunión y de participar en la misión de la Iglesia.


Durante la primera semana, el comentario al Evangelio de Mateo (17, 1-9) está a cargo de la Hna. Thérèse Raad.

“Se transfiguró delante de ellos”

 

 

Hay, en nuestra vida consagrada, momentos de Tabor. Momentos en los que todo se vuelve luminoso. En los que el rostro de Cristo brilla para nosotras como el sol. En los que nuestra vocación recupera su claridad original, su belleza primera, su frescura.

 

Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan. Los lleva aparte, a una montaña alta. Nada es improvisado. La Transfiguración no es un espectáculo: es una gracia concedida en la intimidad.

 

Como mujeres consagradas, sabemos lo que significa “ser llevadas aparte”. Nuestros tiempos de oración, los retiros, los capítulos, los silencios comunitarios… son esas montañas a las que el Señor nos conduce para mostrarnos quién es Él verdaderamente —y quiénes somos nosotras en Él.

 

Pero la Transfiguración no es solo consuelo. Es revelación.

 

El rostro de Jesús se vuelve resplandeciente como el sol. Sus vestiduras, blancas como la luz. No es otra persona: es el mismo Jesús. Aquel que caminará hacia Jerusalén. Aquel que será incomprendido. Aquel que será crucificado.

 

La luz no elimina la cruz. Revela su sentido.

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¿Cuántas veces hemos deseado “plantar tres tiendas”? Fijar un momento fuerte, custodiar una comunidad fervorosa, preservar una misión fecunda, retener una época más estable de nuestra congregación…
«Señor, ¡qué bien se está aquí!»
Sí, es hermoso estar en la luz. Pero nuestra vocación no consiste en habitar la montaña. Consiste en escuchar.

 

La voz del Padre resuena: «Este es mi Hijo, el amado… escúchadlo».
Escúchadlo… En nuestras decisiones de gobierno, en las opciones apostólicas, en las tensiones comunitarias, en la disminución numérica, en las nuevas llamadas de la Iglesia sinodal. Escúchadlo.
Nuestra fecundidad no viene de nuestras estrategias, sino de nuestra capacidad de escuchar al Hijo amado.

«Los discípulos cayeron rostro en tierra, llenos de temor».
La experiencia de Dios desestabiliza. Nos pone de rodillas. Nos recuerda que no somos nosotras quienes controlamos la obra.

Entonces Jesús se acerca. Los toca. «Levántaos y no tengáis miedo».
Este gesto siempre me conmueve. Cristo no deja a sus discípulos aplastados por el miedo. Los levanta.

¿Cuántas hermanas hoy necesitan ser levantadas? Levantadas del cansancio, del desaliento, de la pérdida de sentido, de los conflictos, de las reestructuraciones, de las fragilidades personales…
¿Y si nuestra primera misión fuera convertirnos, mutuamente, en ese gesto de Cristo?

«Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo».
Al final, queda solo Él.
Ni Moisés, ni Elías, ni las seguridades del pasado, ni las certezas institucionales.
Él, solo.

Quizás este sea el corazón de la madurez consagrada: consentir que todo se simplifique hasta custodiar únicamente a Jesús.

Y luego viene el descenso de la montaña.
No se permanece en la luz. Se vuelve a bajar hacia la llanura, hacia los enfermos, hacia las multitudes, hacia la incomprensión… hacia la cruz.

Nuestra vida consagrada es este movimiento continuo:
Subir para contemplar.
Bajar para servir.
Escuchar para discernir.
Recibir la luz para atravesar la oscuridad.

En un mundo fragmentado, en una Iglesia en transformación, en congregaciones llamadas a reinventarse, la Transfiguración nos recuerda esto: nuestro futuro no depende de nuestra fuerza.
Depende de nuestra capacidad de escuchar al Hijo amado.

Y cuando el miedo nos atrapa, cuando la incertidumbre nos hace caer rostro en tierra, recordémoslo: Él se acerca, nos toca y nos dice también hoy: «Levántaos. No tengáis miedo».

Que esta Palabra se convierta, para cada una de nosotras, en luz para continuar el camino.

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