19/08/2026

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112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado: «Incluso uno solo de estos pequeños»

112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado: «Incluso uno solo de estos pequeños»

 

 

En el marco de la 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, el Papa León XIV invita a la Iglesia y a la sociedad a dirigir su mirada hacia los niños y adolescentes involucrados en la experiencia de la migración y de la huida. El tema elegido – «Incluso uno solo de estos pequeños» – recuerda las palabras de Jesús: «El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí» (Mc 9,37), poniendo en el centro la dignidad de cada menor y la responsabilidad de protegerlo, acogerlo y acompañarlo.

 

El Santo Padre llama la atención sobre la particular vulnerabilidad de los menores en los flujos migratorios mundiales. Las guerras, la pobreza, la violencia, los desastres ambientales y otras tragedias obligan a millones de niños y adolescentes a abandonar su tierra. Muchos afrontan la pérdida o la separación de sus familiares, condiciones extremas durante el viaje, la trata, la explotación, la violencia y otras experiencias traumáticas que hieren profundamente sus vidas y su dignidad.

 

Ante esta realidad, el Papa León XIV nos invita a no detenernos en las cifras y las estadísticas: «aunque sea uno solo» es suficiente para interpelar nuestra conciencia. Cada niño tiene una historia única, posee una dignidad infinita y es imagen y semejanza de Dios. Acoger a un menor migrante significa, desde la perspectiva evangélica, acoger al mismo Cristo: «Fui forastero y me acogisteis» (Mt 25,35).

 

El mensaje se convierte así en un fuerte llamamiento a superar la indiferencia y a transformar la compasión en responsabilidad concreta. El grito de los menores desplazados, recuerda el Papa, sube hasta Dios como el grito del pueblo de Israel en Egipto. Dios ve, escucha y desciende para liberar, pero al mismo tiempo interpela la conciencia y la acción de cada uno de nosotros.

 

El Papa León XIV señala cuatro ámbitos en los que esta responsabilidad está llamada a concretarse:

 

  • En la vida personal, estamos invitados a abrir los ojos y el corazón a las historias, los temores y los sueños de cada niño, reconociendo ante todo su dignidad y protegiendo sus derechos fundamentales.
  • En la vida eclesial, la acogida debe convertirse en una práctica pastoral estable que implique a toda la comunidad cristiana. Los migrantes y refugiados no son solamente destinatarios de asistencia, sino miembros de pleno derecho de la familia eclesial, a quienes debemos acompañar mediante procesos de integración, educación, amistad y crecimiento espiritual.
  • En el horizonte de las diferentes religiones, la vulnerabilidad de los menores se convierte en un terreno concreto de colaboración y diálogo interreligioso. Las comunidades de fe están llamadas a construir juntas redes de protección y espacios en los que cada niña y cada niño puedan ser respetados y valorados en su propia identidad.
  • En el ámbito de las instituciones civiles, el Papa recuerda el principio del interés superior del menor, pidiendo instrumentos eficaces de protección, la promoción de la reunificación familiar y un cambio de perspectiva que desplace la atención de la mera gestión de los flujos migratorios hacia la plena protección de los derechos y la dignidad de cada persona.

 

En el mensaje tampoco falta una mirada de esperanza. El Santo Padre recuerda a las numerosas personas, familias, comunidades eclesiales, educadores, voluntarios y trabajadores que cada día deciden no mirar hacia otro lado, acogiendo, acompañando y cuidando las heridas visibles e invisibles de los menores migrantes. Su presencia testimonia que el amor puede vencer la indiferencia.

 

Al celebrar esta 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, el mensaje del Papa León XIV nos invita, por tanto, a pasar de las estadísticas a los rostros, de los fenómenos a las personas, de la asistencia al encuentro. «Aunque sea uno solo de estos niños» nos recuerda que ninguna vida es demasiado pequeña para merecer toda nuestra atención y que, acogiendo y protegiendo a un niño, acogemos y custodiamos la presencia misma del Señor.

 

Confiando a los menores migrantes y refugiados a la protección de María, que junto con José y Jesús conoció el drama de la huida y del exilio, el Santo Padre invita a nuestras comunidades a convertirse en signos vivos y creíbles del Evangelio de la acogida, la protección y la fraternidad.

 

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