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GRUPO 15 23 participantes: 14 nacionalidades, 23 congregaciones DIMENSIÓN ECLESIAL DE LA VIDA CONSAGRADA Signos de vitalidad Nuestra pasión por Cristo nos lleva a la pasión por la humanidad. Estamos agradecidos porque hace 40 años la Lumen Gentium reconoció a la vida religiosa parte esencial de la santidad de la Iglesia. Un signo de vitalidad es la espiritualidad de comunión que queremos vivir a todos los niveles de la vida eclesial, que se concreta en proyectos comunes con sacerdotes y laicos. Hay interés en profundizar la relación con la Iglesia local. La vida consagrada aporta catolicidad al ampliar la mirada hacia la Iglesia universal y la misión, especialmente en los lugares de frontera, así como abriendo horizontes al ámbito cultural y ecuménico. Otro signo de vida es el florecimiento del orden de la vírgenes, eremitas, nuevas formas de vida consagrada y movimientos eclesiales. Comenzamos a ver signos de mayor acceso a la formación teológica de las mujeres y, consecuentemente, mayor posibilidad de participación en la vida institucional de la Iglesia. Obstáculos En la vivencia de la pasión por Cristo y por la humanidad encontramos obstáculos que quisiéramos remover: la desconfianza mutua en algunas situaciones, motivadas frecuentemente por el desconocimiento. En las “relaciones mutuas” se están construyendo cauces, canales, pero ¿transcurre por ellos el agua común del Evangelio? Vemos necesario que la creatividad de la caridad purifique la tensión entre la exención (a veces entendida como autonomía) y la inserción en la Iglesia local; entre el carisma congregacional y el plan pastoral diocesano, especialmente en el caso del religioso sacerdote. Queremos evitar el peligro de funcionariado y de instrumentalización mutua y también respecto de los laicos. El diálogo es posible en la medida en que el lenguaje sea más preciso: Utilizamos los mismos términos “comunión”, “colaboración”... pero ¿responden al mismo concepto? Estamos convencidos de que la pasión por Cristo es la que nos lleva a la pasión por la humanidad, y queremos vivirla en una Iglesia en comunión, misionera, profética, porque si somos “uno” el mundo creerá en Quien nos ha enviado (cf. Jn 17). Así seremos testigos. Ello será posible en la medida de nuestra conversión personal y comunitaria, conversión que la vida consagrada ha testimoniado a lo largo de la historia con su apertura-fidelidad a Dios, a la Iglesia, a la humanidad y al carisma.
Líneas de acción Todo esto nos sugiere algunas líneas de acción para el futuro.
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