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GRUPO 10
96 Participantes: 38 nacionalidades, 93 congregaciones
FORMACION PERMANENTE PARA UNA CONVERSION PERSONAL Y UNA TRANSFORMACION COLECTIVA Hemos iniciado con algunas aclaraciones. Ante todo de la convicción que formación permanente (FP) quiere decir sobre todo la disponibilidad activa e inteligente del hombre y de la mujer espiritual que se deja formar por la vida para toda la vida. La condición para una auténtica FP es pues la actitud interior del consacrado/a, libre en el corazón y en la mente, que ha aprendido a aprender de la vida, ante todo de Dios, el verdadero autor de la formación, de su palabra y de su misterio, de la liturgia que celebra y de la riqueza del carisma, también de los otros, de cada hermano, santo y menos santo, de la gente, de los pobres, de cada cultura, en cada momento de la vida y en cualquier rol, en el éxito y en el fracaso, de joven y de anciano, de sano y de enfermo, dejándose tocar por la vida y acogiendo siempre el más mínimo fragmento de verdad y belleza. Hasta la muerte, que señalará el cumplimiento de la propia FP. Es la idea de docibilitas, verdadera y real condición de la FP.
Hay pues FP a muchos niveles. Ante todo de cada persona, primer responsable de ella, que no puede delegar a nadie; por lo tanto desde la institución a varios grados, desde la autoridad central y por lo tanto periférica, hasta la comunidad local. Por consiguiente existe una FP ordinaria, administrada por el individuo y hecha de las cosas de todos los días, del trabajo cotidiano y llevada adelante en la propia comunidad: así pues la formación es permanente sólo si es cotidiana; pero existe también una FP extraordinaria, propuesta por la institución a diferentes niveles, hecha de encuentros particulares, de momentos espirituales prolongados, de puesta al día, de reciclaje… Las dos formas normalmente deberían conciliarse entre ellas, pero hay que abandonar decididamente la idea antidiluviana que la FP sea algo extraordinario, hecha en algunos momentos, para algunas personas y que sólo concierne a algunas áreas de la personalidad.
Por eso hemos notado que la FP es expresión típica del hombre/mujer espiritual que camina por el proceso de la propia conversión personal, y que la espiritualidad es por su naturaleza el elemento que hace de síntesis entre los diferentes ámbitos de la formación, la FP también posee una gran fuerza de impacto sobre la comunidad y sobre el grupo, incide en la calidad de vida y del testimonio, es el alma de la renovación y de la animación vocacional. Un instituto que invierte en ella, invierte en el futuro. Por otra parte nuestra vida o es FP o es frustración permanente. ¡Quizás la FP es hoy el auténtico y único problema de la VC!
Signos de vitalidad
Es fuerte la conciencia de la urgencia de la FP, entendida como recuperación de lo esencial, como retorno a la fuente y al amor de un tiempo para que se convierta en pasión, como búsqueda personal de Dios a la luz de su palabra, como asunción de la propia responsabilidad (proyecto personal y comunitario).
Es también evidente la atención de los superiores por cuidar el crecimiento espiritual de los religiosos/as, con la institución de comisiones ad hoc y la oferta de muchas oportunidades (programas de FP, cursos específicos, posibilidad de acompañamiento personal, momentos de recarga espiritual, también como experiencias intercongregacionales o con la Iglesia local, ver El camino de Emaús en A.L.). Hay que subrayar también la preocupación por formar adecuadamente a los formadores.
ObstáculosA nivel personal uno de los mayores obstáculos es la rigidez mental, con el consiguiente sentido de autosuficiencia, miedo, cerrazón, fenómenos regresivos, repetitividad, delegación de todo proyecto a la institución… hay cierto narcisismo en los jóvenes, una baja de pasión en la fase de mid-life, rigidez y poca comprensión en los ancianos.
A nivel de comunidad cierta falta de compromiso comunitario, con escaso sentido de responsabilidad fraterna y de efectiva vida y crecimiento común. Además daña la excesiva cantidad de trabajo que aleja de lo esencial, que hace menos significativas las relaciones y desorienta (burn-out). Mientras a veces hay algunas dificultades a causa de la diferencia generacional.
A nivel de institución se ha puesto en evidencia la incertidumbre en proponer itinerarios formativos de FP, para cada edad y situación (ej. cuando se deja el trabajo, o sobreviene una enfermedad o una crisis) o la reducción de ella a una simple puesta al día; así también la falta de superiores como animadores de la FP o de acompañantes. No hay continuidad entre la F inicial y la FP. Hay quien dice que la FP cuesta bastante.
Cambio de estructuras
Hay que repensar la misma F inicial, porque a menudo no parece crear en la persona la convicción de tener que continuar la propia formación ni la disponibilidad de aprender de la vida, de cada realidad existencial, de cada persona, de los pequeños, los simples y los pobres.
Además se ha puesto mucho énfasis en la revalorización de la vida fraterna. Se insiste sobre la formación de comunidad en la que cada uno se sienta responsable del otro y todos juntos aprendan a usar los instrumentos de integración del bien (proyecto comunitario, discernimiento comunitario, collatio…) como también del mal (corrección fraterna, revisión de vida…). Es el paso desde el modelo de la santidad individual a la santidad comunitaria.
Se trata también de devolver (o descubrir) el alcance intrínsecamente formativo, por ejemplo de la oración, de la obediencia fraterna, de la alteridad, del “dejarse tocar” del límite del otro… FP es calidad de vida, y de la vida común, que debe ser más sencilla, más abierta a todos, más marcada por la acogida cordial recíproca, más lugar donde se comparte la misma pasión.
Textos bíblicos
Textos sobre el discipulado donde Jesús es el maestro y formador: Mc 1,16-20 (llamado en el lago), Mc 3,13-15 (llamado después de la oración), Lc 24 (Emaús, Jesús que explica, parte el pan y envía a la comunidad), Jn 1,38-39 (“¿Qué buscan?…), Jn 13 (lavado de los pies), Mt 11,29 (“Aprendan de mí”). Textos “ejemplares”: Hech 2,40-42 (la comunidad de Jerusalén); el itinerario de Pablo (especialmente 2 Cor 12,7-10), el itinerario de María (del Fiat al Stabat), el itinerario de Pedro, de María Magdalena, el camino formativo de la comunidad de los discípulos de Jesús (no sólo de los individuos). Profundización de los textos bíblicos significativos a nivel carismático. Todo a la luz de IITim 1,6 (“Reaviva el don que está en ti…”).
Convicciones y líneas de acción para el futuro
El contenido de la formación es el misterio pascual, toda la vida, por tanto, debe ser construida sobre el modelo del triduo pascual. El “modo”, por consiguiente, está representado por la espiritualidad (leída a la luz del carisma), espiritualidad que tiene el carisma de la síntesis y permite integrar todos los aspectos de nuestra vida: desde la sexualidad/afectividad a la capacidad contemplativa, desde la virginidad (que es sexualidad pascual) a la libertad de responder al mal con el bien (que siempre es libertad pascual).
Se trata de aprender a ser hombres y mujeres espirituales en camino constante hacia Jerusalén. Es por lo tanto fundamental volver a proponer el proceso formativo como un camino de fe, que por su naturaleza misma no termina nunca, como el crecimiento de una semilla que siempre quedará pequeña, o sea, necesitada de atención y de cuidado: por parte del formador preparado (teológica y antropológicamente), del equipo formativo, de los maestros de fe, de la fraternidad, bien insertos en la realidad en la que está presente el Espíritu de Dios y en la cercanía a los pobres que nos evangelizan.
Es importante entonces que haya una formación sistemática de los formadores como personas capaces de pasión por aquella pequeña semilla (=el joven con su debilidad), y capaces de transmitir pasión por Dios y por la humanidad.
Es también fundamental que la formación inicial forme a la docibilitas, en el sentido dicho anteriormente, al conocimiento de sí y también a la libertad de acoger en sí los sentimientos del Hijo, del Siervo, del Cordero.
Es necesario desde el comienzo ofrecer un proyecto educativo-formativo integral, dirigido a toda la persona y destinado a durar toda la vida, justamente porque se trata de interiorizar los sentimientos del Hijo. En tal sentido, la formación no es sólo pedagogía sino un modo teológico de pensar la vida consagrada, que es en sí misma formación, como una progresiva génesis en nosotros mismos de la imagen del Hijo.
Será entonces necesario que se desarrolle en el joven la capacidad relacional, de colaboración inteligente; que se recupere la dimensión eclesial e intercongregacional (como en este Congreso) como ámbito de formación compartida; que se habilite a vivir en la complejidad y en el conflicto, en la cultura secularizada y aparentemente hostil con ánimo creyente y contento, viviendo también la persecución, si así se requiere, como oportunidad de crecimiento y de testimonio en un mundo dividido y cargado de conflictos, como formación del hombre interior, como momento de crecimiento de la Iglesia. ¡Porque la misión no es nuestra, sino de Cristo, el enviado del Padre!
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