LLAMADAS A TEJER UNA NUEVA ESPIRITUALIDAD

 QUE GENERE ESPERANZA Y VIDA

PARA TODA LA HUMANIDAD

 

P. Thomas Hughes, SVD

 

Quisiera iniciar expresando mi agradecimiento a la comisión organizadora por haberme invitado a dirigirme a esta asamblea. Acepté con una cierta reticencia, no solamente porque soy un miembro de la vida religiosa masculina, sino porque jamás he sido “General”, ni incluso “Coronel”, sino más bien un simple soldado de infantería. Por lo tanto, me dirijo a vosotras sencillamente, como hermano, como compañero de nuestro viaje común, teniendo detrás de mí, 40 años de vida religiosa, como Misionero del Verbo Divino, de los cuales, 35 los pasé en Brasil. Agradezco vuestra acogida en esta ocasión tan importante, no solamente para la vida religiosa en todas partes del mundo, sino para la Iglesia, y por lo tanto para el Reino.

 

Tejer es crear nuevos modelos utilizando los hilos del Antiguo y del Nuevo Testamento.

 

El título mismo de la conferencia nos da algunas pistas de reflexión. Primero, el término “llamadas”, porque los retos no surgen de la nada, sino de situaciones concretas. ¿Qué nos reta hoy como religiosos/as? Me parece que los retos tienen un doble origen: uno se desprende de la naturaleza misma de la vida consagrada religiosa, y el otro surge de la situación concreta de masas humanas que sufren, excluidas de una vida decente por el modelo económico dominante de nuestra sociedad neoliberal globalizada. De la misma manera que Yahvéh se sintió “interpelado” por el grito de su pueblo en Egipto hace miles de años, hoy, la vida religiosa, prolongación radical del proyecto de Dios encarnado en el Verbo Divino, es interpelada por el grito ensordecedor de millones y aun de millares de seres humanos que sufren. De esta naturaleza de la vida religiosa se desprenden los otros retos; cómo ser fieles a nuestra verdadera identidad, que no reside en primer lugar en nuestros votos o en nuestras obras, sino en nuestra manera de ser cristianos. En la estela del Concilio Vaticano II, atravesamos años de reformas, pero es claro para cualquier observador atento, que el ímpetu reformador se ha agotado, que la crisis real continúa y que hoy, más que nunca, es necesario clarificar la identidad y el sentido de la vida religiosa.

 

Otra palabra clave del título es el verbo “tejer”. La acción de tejer implica la creación de algo nuevo a partir de diferentes hilos que se entrecruzan para formar un nuevo tejido. Por lo tanto, debemos identificar algunos elementos esenciales si queremos verdaderamente tejer una nueva tela de colores, una espiritualidad que hará justicia a la complejidad de los retos de la vida moderna, y de donde brotarán esperanza y vida para la humanidad. Podríamos descubrir que un buen número de los elementos de la nueva espiritualidad, no son quizá tan nuevos, sino más bien extremadamente antiguos  y descuidados, e incluso abandonados a través de los siglos. El hecho de que busquemos una espiritualidad generadora, implica que no se trata de alguna cosa preconcebida y que tiene todas las respuestas, sino más bien, que deseamos entrar en la dinámica de nuestro Dios, que continúa creando, como lo dice bajo forma de reproche, por la boca del profeta, el Deutero-Isaías: “Pues bien, he aquí que yo lo renuevo, ya está en marcha, ¿no lo reconocéis?” (Is 43,19). Pablo lo repite a su manera: “Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto” (Rom 8,22). Nuestra espiritualidad está en esos dolores de parto. La búsqueda de una espiritualidad generadora de esperanza y de vida nos pone en armonía con Jesús cuya misión, tal como la define el cuarto Evangelio, es actuar de tal manera que “todos tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Una espiritualidad como ésta no ha sido nunca tan necesaria como en el presente, en el que nos vemos confrontados/as a la pasividad y a la desesperanza de muchas personas, y aun de naciones, amenazadas por la opresión lacerante del compresor neoliberal. Pasividad e impotencia son sentimientos que con frecuencia encontramos hoy, incluso en los grandes sectores de la Iglesia y de la Vida Religiosa. Esto nos llama a que nuestros corazones ardan y nuestros ojos se abran ante lo nuevo, como a los discípulos en el camino de Emaús.

 

La Palabra de Dios – siempre nueva.

 

Para mí es claro que la columna vertebral de toda espiritualidad renovada, que la llamemos nueva o no, es la Palabra de Dios. Desde hace años la Iglesia insiste en que nuestra espiritualidad reposa en este fundamento. El documento monumental Dei Verbum (monumental no en el sentido de que es largo, sino por su importancia) pide expresamente que la Palabra de Dios vuelva a ser el alma de la teología y de la predicación de la Iglesia, y que la Biblia vuelva a ser puesta en manos de los laicos. Han pasado más de cuarenta años, y es claro que queda mucho por hacer en este campo, no sólo en lo que concierne al laicado sino también a los/as religiosos/as. Aunque hay que reconocer los esfuerzos intensos realizados con este fin por diversas instancias de la vida religiosa en el mundo, para promover numerosos tipos de programas (como el programa para siete años “Tu Palabra es vida” de la Conferencia de Religiosos/as de Brasil, o “El camino de Emaús”, de la CLAR), los resultados, al menos cuantitativamente hablando, han sido pocos, especialmente en la vida religiosa masculina. En septiembre de 2005, en un Centro de Conferencias cerca de aquí, la asamblea especial de la Federación Bíblica Católica, llamada a conmemorar los 40 años de la Dei Verbum, estudió “El lugar de la Palabra de Dios en la vida de la Iglesia”. Se pidió al Santo Padre elegir “La Palabra de Dios” como tema del próximo Sínodo de Obispos; llamado que ha recibido el apoyo de ciertas Conferencias Episcopales importantes y que el Papa Benedicto XVI ha aceptado. En el contexto de esta Asamblea, puede valer la pena reflexionar en el concepto que encierra el término “Palabra”.

 

Nuestro primer punto de referencia es la Palabra de Dios, con una insistencia particular sobre esta Palabra que se nos comunica a través de la Sagrada Escritura. En el Antiguo Testamento, la Palabra de Dios no era objeto de especulación abstracta, como lo eran otras corrientes filosóficas, como el “Logos” de los filósofos de Alejandría. Era sobre todo, ¡una experiencia! Dios hablando directamente a los hombres y a las mujeres, a su pueblo y a toda la humanidad.

 

La Palabra de Dios es comunicación, auto-expresión y acontecimiento salvífico: “Como descienden la lluvia y la nieve de los cielos y no vuelven allá, sino que la fecundan y la hacen germinar, para que dé simiente al sembrador y pan para comer, así será mi palabra, la que salga de mi boca, que no tornará a  mí de vacío, sin que haya realizado lo que me plugo y haya cumplido aquello a que la envié” (Is 55,10-11)

 

Podemos afirmar, también, que la Palabra de Dios puede ser considerada bajo dos aspectos, distintos e inseparables: es revelación y acción. Revela quién es el verdadero Dios, por medio de su acción. El Dios de los Hebreos no es como el Dios de los filósofos, distante, inmutable, objeto de un análisis frío y objetivo, sino un Dios que se revela en la historia humana, en los actos de su Palabra creadora, liberadora, unificadora. Esto aparece claramente en un texto que se puede considerar como la llave de toda la Escritura, el resto de la Biblia es el desarrollo, en la historia, de las consecuencias de este pasaje: “He visto la miseria de mi pueblo….” (Ex 3,7-8) 

 

La Palabra que “viene a habitar en medio de nosotros/as”

 

Este “descender” del Dios de la Biblia alcanza su cumbre en la Encarnación, como lo leemos en el Prólogo del Evangelio de Juan: “En el principio la Palabra existía y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne y puso su Tienda entre nosotros” (Jn 1,1.14). El proyecto de Dios para la humanidad se convirtió en realidad cuando el Verbo se hizo carne, y “plantó su tienda entre nosotros/as”. La palabra griega empleada en Jn 1,14  “eskênosên”, viene de la palabra “skêne” que significa tienda. En la visión del cuarto Evangelio que hace eco al acontecimiento del Éxodo, la Palabra de Dios dice: “plantó su tienda entre nosotros/as”, y no, ¡“construyó su Templo”! Un templo es fijo, una tienda es movible, o en otras palabras, en dondequiera que se encuentre el pueblo, la Palabra de Dios está en medio de él, encarnada en la persona y el proyecto de Jesús de Nazaret. En Él y por Él, la Palabra actúa, suscitando la salvación aquí en la tierra. Podemos afirmar que el misterio de la Palabra tiene por centro la persona de Jesús, inseparable de su misión y de su proyecto.

 

Tenemos aquí uno de los hilos esenciales para tejer nuestra espiritualidad nueva: la persona de Jesús de Nazaret y su proyecto por la humanidad. Pero sería necesario preguntarnos: ¿de dónde sacó Jesús esta visión, cuál era su inspiración, su motivación? Debemos tomar muy en serio el hecho mismo de su Encarnación, el escándalo del Verbo de Dios hecho hombre, plantando su tienda entre los pobres de Galilea, hace dos mil años. Para él, como para nosotros/as hoy, fue un reto descubrir la voluntad del Padre y tejer un programa de vida coherente con esta voluntad. Así mismo, Jesús no descubrió su misión y su identidad de manera automática, y es lo mismo para los religiosos/as de hoy. La carta a los Hebreos enfatiza claramente el proceso que Jesús experimentó : “y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia” (Heb 5,8).

 

En el proceso mismo, la Palabra de Dios expresada en las Escrituras hebreas ha jugado un rol capital. Durante treinta años, la espiritualidad y la fe de Jesús se nutrieron de las mismas fuentes que el pueblo sufrido del interior de Palestina: la espiritualidad de los “Anawim”, los “pobres de Yavé”, con un acento particular sobre la predicación del Deutero y Trito Isaías, el Deutero Zacarías y Sofonías. En el diálogo entre la Palabra de Dios, expresada en las Escrituras por esas voces proféticas, y la realidad del pueblo oprimido, pobre y sufrido, Jesús va clarificando su identidad y su misión, y la lleva a la acción.

 

Lucas expresa la comprensión que Jesús tiene de sí mismo en el texto que relata su visita a la sinagoga de Nazaret –donde fue educado; dicho de otra manera, donde descubre y crece en la fe- cuando durante el servicio litúrgico, elige un texto del Trito-Isaías e identifica su misión con la del Siervo de Yahvéh (Lc 4,18-19). El resto del Evangelio es el desarrollo de esta comprensión de la misión del Verbo de Dios Encarnado, cuya misión continúa en la comunidad de los discípulos quienes, impulsados por el Espíritu, ponen sus carismas y sus dones al servicio del Reino. Continuando el diálogo entre la Palabra de Dios en la Biblia y la realidad del pueblo, los discípulos de Jesús descubren su misión: prolongar la misión de Aquél que se hizo carne a fin de que “todos tengan vida, y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).

 

De Myriam a los religiosos/as de hoy. “La palabra profética no debe ser reducida al silencio”

 

Uno de los instrumentos especiales en esta red de discípulos/as, es la Vida Religiosa Consagrada, generada por el Verbo e invitada a profundizar la experiencia de la Palabra de múltiples maneras, según el carisma de cada entidad, enraizada en la intuición de las generaciones fundadoras.

 

A lo largo de la historia del Pueblo de Dios, la Palabra, no solamente ha dado vida y reunido, sino que también animado y hecho crecer. Pueblo minúsculo y sin importancia en la escena del mundo, “gusanito de Jacob”, según la expresión del Deutero-Isaías (Is 41,14), la Palabra ha sostenido su sueño y su ideal, no permitiendo nunca que el proyecto de Dios se borrara de la memoria de Israel, a pesar de los esfuerzos de la elite dominante que con frecuencia se servía de la religión para ocultar sus proyectos opresores. Mientras que la monarquía se extendía con sus injusticias y opresiones, la Palabra resonaba en franca oposición, a través de los hombres y las mujeres que Dios llamaba como profetas en medio de su pueblo. En los momentos oportunos, la Palabra de Dios mantuvo viva la resistencia del pueblo a través de la predicación de figuras tan diversas como Débora la mujer Juez, Isaías el intelectual, Oseas el poeta y Amós el boyero. Anunciando el proyecto de Dios y denunciando todo lo que se oponía a él, los defensores de los débiles y opositores de los poderosos, perseguidos y oprimidos, fueron hombres y mujeres de la Palabra. Lo que más los/las caracterizaba era su vehemencia. Estaban llenos de pasión. Convencían a otros/as porque ellos/as mismos/as estaban convencidos/as de su mensaje. Fueron el reflejo de una sociedad en crisis. Llenos/as del Espíritu Santo, fueron la expresión de su Palabra.

 

Diversos de otros críticos de la sociedad, los profetas se definían por su relación con Dios, como debería ser el caso de hoy para los profetas de la vida religiosa. Su palabra sale de la Palabra de Dios. A la raíz de su identidad y de su misión hay una gran experiencia de Dios, así lo podemos ver en textos como Am 7,10-15; Os 1-3; Jr 1,4-10); Is 6,1-13; Ez 6,1-3,11; Is 40,1-11 etc. Sin esta profunda experiencia de Dios, su profetismo se hubiera convertido fácilmente en simple ideología o demagogia. Hoy, también, la vida religiosa debe basarse en una verdadera experiencia de Dios, en seguimiento de Jesús en quien la tradición profética alcanza su apogeo. Una espiritualidad de la vida religiosa que no sea una expresión viva y renovada del profetismo, inherente a nuestra vocación bautismal, sería inconcebible. En efecto, el nacimiento de la vida religiosa en la Iglesia fue, en sí misma, una expresión de la profecía. Los profetas hablaban siempre con palabras y acciones, cada vez que veían que el proyecto de Dios para la humanidad era sofocado. En este sentido podemos comprender el principio de la vida religiosa en la Iglesia.  

 

A pesar de sus dificultades y de los tiempos de persecución, la Iglesia primitiva era una Iglesia viva y ferviente. Ser cristiano era arriesgarse a ser considerado  subversivo, y destinado a sufrir el martirio. Pero después del Edicto de Milán en el 312, la Iglesia deja las catacumbas y ser cristiano es más que aceptable. El número de cristianos aumenta, pero la Iglesia “ha perdido su primer amor” (Ap 2,4). El radicalismo en la vivencia de la fe, manifestado anteriormente a través de los mártires, se oscurece. La Iglesia necesita una nueva manera de dar testimonio de su vocación radical en el seguimiento de Cristo, un testimonio que sea una voz profética fuerte para la Iglesia misma y para el mundo. En este contexto, emerge en la vida de la Iglesia un nuevo fenómeno: los comienzos de la vida consagrada, con los Padres del desierto. Ellos tratan de volver a encontrar la dimensión radical de nuestro testimonio de fe, en una Iglesia casi cooptada por la sociedad dominante. Este primer borboteo de vida religiosa se comprende como un reto frente a una Iglesia que ha perdido su camino, que casi no se preocupa de su rol profético, de seguir las opciones concretas de Jesús, y que se encuentra bien integrada en una sociedad dominante, que oprime y excluye las masas.

 

De esta manera podemos comprender a nuestros fundadores y fundadoras. Ellos descubrieron y reaccionaron ante una carencia en la vida y el testimonio de la Iglesia. Fueron sensibles a los llamados de Dios y del pueblo olvidado, sofocado, o reducido al silencio por la Institución. Francisco y Clara de Asís escucharon el grito de los pobres en una Iglesia dominada por los ricos, y en gran parte, su aliada; Vicente de Paul y Luisa de Marillac fueron sensibles al grito de los excluidos de las calles de París; mi propio fundador, Arnold Janssen y los hombres y las mujeres de su grupo fundador se escandalizaron del hecho de que no hubiera un solo instituto misionero para la Iglesia de habla alemana, ... y así podemos seguir. No tuvieron siempre la intención de fundar una congregación, esto sería un segundo paso; pero con palabras y acciones continuarían la actividad de la Palabra de Dios, con frecuencia descuidada por las instancias de la Iglesia, más preocupada de mantener las estructuras que de los llamados del Espíritu Santo. Estas mujeres y estos hombres, instrumentos de la Palabra, no fueron siempre bien recibidos/as pues la Palabra de Dios, proclamada por cualquiera que sea y por quienes Dios elige, es “viva, (…) eficaz y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu,hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” (Hb 4,12ss).

 

A través de las diferentes fundaciones de la vida consagrada religiosa, la Palabra se encarna prácticamente en los carismas dados por el Espíritu a la Iglesia y al mundo, para continuar la Missio Dei, el proyecto de Jesucristo. Debemos recordar siempre que es el carisma y no la congregación lo que realmente es  importante. La Palabra es eterna, pero no es necesariamente el caso para su expresión institucional en una Orden determinada, o una Congregación, o una obra. Necesitamos un discernimiento permanente para verificar si nuestra praxis está siempre en armonía con las necesidades de las personas y de la Iglesia en las nuevas situaciones, y si es coherente con nuestro carisma. Nuestro compromiso de base no concierne a nuestra supervivencia congregacional, sino a nuestra misión profética.

 

Vivir como discípulo/a en una nueva realidad, a través de nuestros carismas

 

Ahora podemos identificar otros hilos y tejer en la tela de nuestra nueva espiritualidad: vivir como discípulos de Jesús, leer la realidad desde el punto de vista de los pobres y de los marginados, “escuchando”, “viendo”, “conociendo” y “descendiendo” como Dios, para ayudar al pueblo a liberarse, en todo el sentido del término; vivir nuestros carismas, dones del Espíritu a la Iglesia y al mundo, utilizando nuestras generaciones fundadoras que fueron voces proféticas para la Iglesia y el mundo de su tiempo. Cada uno de estos elementos necesita una puesta al día y una profundización, a fin de que la vida religiosa sea realmente la expresión de nuestro caminar en seguimiento del Verbo de Dios Encarnado, y no solamente una reliquia de los tiempos pasados, viviendo del recuerdo de sus glorias, encadenada a arcaicas estructuras y formas de devoción que no dicen nada a la gente moderna.

 

 La cuestión más urgente a la cual nos vemos confrontados es la de vivir como discípulos/as de Jesús, en la misión. Esto implica una verdadera pasión por la persona y por el proyecto del Salvador, no de manera sentimental, típica de tanta devotería del pasado, sino enraizada en una fuerte experiencia de la persona y del proyecto de Jesús de Nazaret. En el cuarto Evangelio, el diálogo entre Jesús y los primeros discípulos que lo siguieron, ayuda a este propósito (Jn 1,37-39). Realizando que Andrés y un discípulo anónimo lo seguían, les pregunta: “¿Qué queréis?”  Esta es la cuestión fundamental para todo religioso/sa y para toda congregación; ¿qué queréis de hecho? Ellos respondieron: “Maestro, ¿dónde vives?”; no es su dirección lo que quieren conocer, sino cómo vivía, su proyecto de vida y sus valores. En lugar de dar una respuesta teórica, Jesús responde: “Venid y lo veréis”, es decir, que no es posible tener una profunda experiencia de Jesús únicamente a través de estudios y de teorías; esto sólo se puede realizar viviendo como discípulo/a en la intimidad con el Maestro. Es extremadamente urgente para que redescubramos al Jesús de los Evangelios, a Jesús de Nazaret y no una caricatura frecuentemente propagada por grupos fundamentalistas, a menudo, con intereses económicos. La Biblia dice que Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, pero muy seguido de hecho, somos nosotros quienes creamos a Dios a nuestra imagen y semejanza. Algo semejante sucede con Jesús: frecuentemente creamos una imagen de Jesús que tiene poca cosa, o nada, que ver con el verdadero Jesús de Nazaret; sea que tengamos una imagen sentimental de devociones con un mínimo o sin fundamento bíblico, o una versión “ligera” de Jesús, que gusta tanto a los medios de comunicación; un Jesús que no nos molesta, que no cuestiona nuestras opciones y nuestra sociedad, sino al contrario, que sirve de analgésico para nuestras conciencias, desviando nuestra atención del Reino y de los pobres, hacia un Jesús al servicio de nuestros deseos y de nuestros caprichos, fuertemente marcados por la búsqueda de gratificación personal e inmediata. ¡La cruz se hace a un lado!

 

Esto no debe realmente sorprendernos, fue el gran problema de los discípulos desde el principio. El centro del Evangelio de Marcos, el más antiguo, es Mc 8,27-35, este texto narra el episodio en el camino de Cesarea de Filipo. Después de hacer una pregunta inofensiva, “¿Quién dicen los hombres que soy yo?” -inofensiva porque no compromete a la persona que responde-, Jesús hace la pregunta esencial a todos los discípulos, de todos los tiempos: “Pero, para ti, ¿quién soy yo?”. En el texto parece que Pedro da una respuesta justa cuando dice: “Tú eres el Cristo”. Pero el diálogo que sigue muestra que sólo su teoría era justa, no la práctica, pues para él era inconcebible que el Mesías debiera sufrir; visión muy post-moderna de nuestro mundo, en donde todo está permitido, ¡salvo el sacrificio!  Esta incapacidad de Pedro para comprender al Jesús real y los retos que implica seguirlo, le valieron uno de los más fuertes reproches de la Biblia: “Quítate de mi vista Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres”. En el texto, Jesús muestra inmediatamente, de manera clara, lo que lleva consigo su seguimiento, y no una caricatura de él: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8,34).

 

Para nosotros/as que tratamos de renovar nuestra espiritualidad, no hay cuestiones más urgentes que éstas: “¿Quién es Jesús para mí, en este momento de mi vida? y ¿Qué significa, hoy, ser su discípulo/a, en la Vida Consagrada Religiosa?”.

En realidad, la respuesta la daremos menos con palabras que ¡con nuestras manos y nuestros pies! En la práctica cotidiana de nuestra misión es donde damos las respuestas. La misión es la consecuencia práctica de nuestra espiritualidad de discípulos/as y además, el Evangelio no nos deja ninguna duda, sino que define claramente la misión de Jesús, y en consecuencia, la nuestra. El texto más paradigmático al respecto, es quizá, el pasaje de Lucas que narra la visita de Jesús a la Sinagoga de Nazaret, cuando vuelve a sus raíces culturales, sociales y religiosas para lanzar su programa de misión, y elige leer el texto de Is 61,1-3 (que Lucas se da libertad de modificar, omitiendo las referencias que se hubieran podido prestar a cualquier interpretación nacionalista): “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).

 

Una espiritualidad basada en el seguimiento de Jesús, conducirá necesariamente a la acción evangelizadora. Ésta integrará los elementos de la misión de Jesús contenidos en el texto citado anteriormente. Todos somos consagrados por el Espíritu, por lo tanto somos todos otros Cristos. Es pues esencial que nos comprometamos en un verdadero proceso de discernimiento en el plan personal y comunitario, a la vez, para clarificar lo que significa hoy “anunciar a los pobres la Buena Nueva”, “proclamar la liberación a los cautivos” y “la vista a los ciegos”, “dar libertad a los oprimidos”, “proclamar un año de gracia del Señor”. En el interior de esta misión universal de la Iglesia, la Vida Religiosa debería estar, ciertamente, a la vanguardia. Nuestra espiritualidad debe hacernos privilegiar a los pobres como los primeros beneficiarios de nuestra predicación y de nuestros esfuerzos apostólicos; no olvidemos que el término escogido por Lucas para designar a los pobres es “ptochoïs”, que significa prácticamente “indigentes”. En un mundo que sufre pobreza y exclusión a escala universal, aun en el que llamamos “primer mundo”, la espiritualidad del discipulado nos reta a responder a preguntas muy concretas: ¿son realmente los pobres la primera preocupación de nuestra misión? O bien, ¿hemos absorbido la ideología hegemónica, difundida por los medios de comunicación, a un grado tal y casi por ósmosis, que asumimos los valores de nuestra sociedad hedonista de consumo? Nuestra espiritualidad debe liberarnos de las cadenas del egoísmo, del consumismo, de los ídolos del poder, del poseer, del placer, que penetran con cierta facilidad en nuestras vidas y nuestras actividades, edulcorando la radicalidad de nuestra manera de vivir el mensaje del Evangelio y nuestro testimonio profético. Debe ayudarnos, primero, a volver a encontrar nuestra misión; es interesante notar que los ciegos curados por Jesús en los Sinópticos, no eran ciegos de nacimiento, como en Jn 9, sino ciegos que habían perdido la vista. Con frecuencia se encuentra este mismo fenómeno en la vida religiosa: podemos perder la visión original de la generación fundadora, estando satisfechos/as de la eficacia en nuestras obras, lo que algunas veces, puede hacer de nosotros/as simples engranajes en el funcionamiento eficaz de nuestra sociedad neoliberal, y a su servicio. Para no llegar a ser “ciegos que conducen a otros ciegos”, nuestra espiritualidad debe hacer suyo el grito del ciego Bartimeo, “Señor, que vea” (Mc 10,51). Debemos ver con los ojos de Jesús mismo; Él interpretaba la realidad del mundo en que vivía con criterios que brotaban de su experiencia del Dios de la Biblia y de su análisis de la realidad dolorosa de su pueblo; sufrimiento que justificaba a menudo una ideología disfrazada en teología por la elite religiosa y política dominante. No puede haber una espiritualidad sin consecuencias concretas, y este texto de Lucas nos proporciona un instrumento útil para evaluar la autenticidad de nuestra espiritualidad, analizando los elementos de nuestra actividad misionera.

 

La vida religiosa – Instrumento del Reino

 

Reflexionando en la cuestión de nuestra espiritualidad, debemos recordar que la Vida Religiosa, como la Iglesia, no es un fin en sí misma, sino un instrumento del Reino, este Reino que está en medio de nosotros/as, que experimentamos de manera paradoxal como “ya está, y al mismo tiempo, todavía no”. La Vida Religiosa es un don de Dios a la Iglesia y al mundo, a favor del Reino. De esta manera, una espiritualidad nueva nos conducirá a un diálogo fructuoso y dialéctico con estas dos realidades.

 

Estos últimos años, la Iglesia institucional parece haber retrocedido en numerosas regiones. En consecuencia, muchas personas atraviesan una real crisis de fe y de pertenencia. La plaga del clericalismo se ha desarrollado en muchos lugares, especialmente entre el clero joven, comprendiendo también los religiosos, y el clericalismo está lejos del gran don que representa el ministerio del Orden sacerdotal. A menudo, en la vida de los religiosos sacerdotes, el aspecto religioso casi desaparece sumergido en las ocupaciones del ministerio sacerdotal. Y sobre este punto, las religiosas tienen un papel importante a jugar, para dar testimonio de la naturaleza laica de los religiosos, naturaleza esencial, y resistir a las tentativas de integración como simple prolongación de la institución jerárquica. La exclusión persistente de las mujeres en instancias de decisión toca la vida de la Iglesia; continúa siendo un gran problema y toma, a veces, proporciones escandalosas. Los escándalos sexuales, especialmente de los clérigos, han provocado una pérdida significativa de credibilidad, particularmente en algunos países. Un elemento extremadamente negativo que se nota en estos últimos años ha sido la proliferación de movimientos, de grupos y de iniciativas de revivificación católica, que optan ostensiblemente por una fe cristiana de tipo individualista, intimista, fundamentalista, devota, enajenada y triunfalista. En América Latina al menos, después de décadas de actividad evangelizadora intensa y profética, que ha costado la vida a un buen número de personas, y mucho sufrimiento, y que ha provocado un florecimiento en la vida eclesial y religiosa, los tiempos han cambiado. Vientos nuevos han soplado sobre el continente y con toda evidencia, sobre la Iglesia y la Vida Religiosa. Con algunas excepciones, no se corre el riesgo del martirio de sangre. Pero el Imperio continúa dominando y oprimiendo. En realidad, la gran mayoría de la gente es aplastada por su poder económico y militar. Las decisiones más importantes se toman en los centros financieros del mundo, sin tomar en cuenta las necesidades reales del pueblo, y las ponen en práctica los políticos, frecuentemente corruptos y en sintonía con los principios del neoliberalismo económico. Pueblos enteros son sacrificados por las exigencias de las ganancias; exilados de sus tierras y dispersados con sus familias, pagando el precio de la destrucción de sus raíces familiares, culturales y religiosas; todo esto en nombre del “progreso”, del “desarrollo o de la modernidad”. En una situación como ésta, no sorprende que haya mucha lasitud, falta de entusiasmo, incredulidad y escepticismo en vastos sectores de la población, de la sociedad civil y de las Iglesias. Más que nunca, es urgente desarrollar una vida religiosa dinámica, ferviente y profética, un canal para la vida de Dios, que resiste a la tentación de ser cooptada por la sociedad de consumo y materialista, que redescubre el sentido radical de su existencia y se pone claramente del lado de los pobres y de los marginados.

 

La vida religiosa, como la Iglesia misma, se ve confrontada a la cuestión de saber cómo estar en el mundo sin ser del mundo (cf Jn 17,16). Durante siglos, la Iglesia, y por consiguiente la vida religiosa, ha considerado el mundo más como el lugar del mal, del peligro, del demonio, que como lugar de encuentro con Dios. Esta visión ha sido categóricamente rechazada en el Concilio Vaticano II, en documentos tales como Gaudium et Spes. Lejos de ser el dominio del mal, el mundo es la escena de la actividad salvífica de Dios, y por tanto de los religiosos/as. “Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo” (Jn 17,18). En lugar de la “fuga mundi”, estamos invitados/as a insertarnos en el mundo como “sal de la tierra, luz de las naciones, levadura en la pasta”. El mundo se convierte en el escenario de nuestra actividad de evangelización, de nuestro testimonio profético. Estamos invitados/as a descubrir las “semillas de la Palabra” en el mundo, en las culturas, en las religiones.

 

Por el mundo y en el mundo, sin ser del mundo

 

No siempre logramos “estar en el mundo sin ser del mundo”. Después del entusiasmo del inicio, muchas comunidades e individuos se han alineado según el mundo moderno, aceptando la visión y los valores de la sociedad dominante. Con frecuencia, no nos distinguen del mundo que nos rodea; ya no lo interpelamos, sino que lo dejamos asimilarnos. Nuestra voz profética y nuestro testimonio evangélico se debilitan y cesamos de ser la presencia perturbadora, interpelante y liberadora de Jesús y de su Palabra, en una sociedad de opresión y exclusión. No sería posible, ni deseable, no dejarnos afectar por el proceso de la post-modernidad. Ambivalente como todos los procesos humanos, lleva consigo muchas cosas positivas. Pero frecuentemente lo aceptamos sin un análisis crítico, y no siempre en sus aspectos positivos. La subjetividad se transforma fácilmente en individualismo, la libertad en anarquía ética, el respeto de los bienes materiales en consumismo puro y simple. Habitualmente el mundo no nos persigue como a los primeros discípulos de Jesús, porque no representamos, verdaderamente, una amenaza para él. Al contrario, ¿cuántas veces desviamos los ojos de la miseria que nos rodea, creando una religión sentimental, intimista, sin compromiso para transformar la sociedad, y que se nutre con frecuencia, de una lectura fundamentalista de las Escrituras? Permitimos que se recupere a Jesús y su Evangelio a favor de la enajenación y del status quo, y nos volvemos servidores de un mundo más idólatra todavía que el del siglo primero, pues sacraliza las ganancias, predica la alegre noticia de la competencia, excluye a la mayoría de los hijos e hijas de Dios y aclama el afán de ganar y la acumulación de riquezas. Una religión que acepta tal situación sin denunciarla, es idólatra, ¡aunque  se invoque el nombre de Jesús y se aliente el culto en las Iglesias cristianas!

 

Como los primeros cristianos, debemos estar en el mundo, pero yendo contra corriente, no porque seamos sectarios, sino porque tenemos otra visión, que nace de la Palabra de Dios -la de Jesús, del Reino, palabra de fraternidad, de solidaridad, de justicia y de inclusión-, visión que es más que clara en el Nuevo Testamento. Cuando decimos el Padre Nuestro, nos comprometemos a rechazar el racismo, el machismo, el sexismo, el clericalismo, la xenofobia y ¡toda otra ideología que nos divide! Somos desafiados/as a buscar un verdadero diálogo profético con la sociedad, las culturas y las tradiciones religiosas, a siempre buscar construir el Reino de Dios. Debemos estar vigilantes para que los valores contrarios al Reino, disfrazados de valores positivos, no nos desvíen de nuestra identidad y de nuestra misión verdaderas. Buscando una “espiritualidad nueva” en un mundo fuertemente influenciado por el pensamiento post-moderno, no es muy raro descubrir que Dios ha sido remplazado por una vaga “fuerza cósmica”, la gracia por la energía, la salvación por la remuneración inmediata, con muy poco lugar, si es que lo hay, para una visión comunitaria, para una vida que se entrega.  En esta visión, Jesús de Nazaret, el profeta perseguido, es remplazado por un “Cristo” sin la cruz, sin proyecto por la humanidad, sin opciones concretas por los pobres y los oprimidos. Por el contrario, encontramos, con frecuencia, religiosos/as que se refugian en manifestaciones de tipo neo-pentecostal, que utilizan un vocabulario dualista, casi maniqueo, y que tienen tendencia a satanizar todo lo que pertenece al mundo material. Algunas veces,  se prefieren las explosiones sentimentales que la meditación silenciosa de la Palabra de Dios en la Lectio Divina, práctica que exige acciones concretas a favor de los pobres. Todos/as tenemos ejemplos de abandono de la vida religiosa en la primera crisis, sin ninguna lucha, sin ningún esfuerzo verificable en el discernimiento, confirmando en modo evidente lo que dice la doctrina post-moderna, que ¡el compromiso permanente ya no es posible! Debemos estar atentos/as para no satanizar todo lo que es post-moderno, perteneciente al New Age o a otras tradiciones. Pero estemos vigilantes en nuestro discernimiento para no correr el riesgo de perder nuestra identidad, en nuestra ansia de querer dialogar con las culturas post-modernas. La carta a los Hebreos nos da un punto de referencia para que no nos desviemos del camino: “...corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, , fijos los ojos en Jesús” (Hb 12,1).

 

En una sociedad que toma lo que es superficial e inmediato, donde casi todo es desechable, donde “tener” es más importante que “ser”, es importante estar vigilante. El documento post-sinodal “Vita Consecrata” nos advierte: “a cada uno se le pide no tanto el éxito, cuanto el compromiso de la fidelidad. Lo que se debe evitar absolutamente es la debilitación de la vida consagrada, que no consiste tanto en la disminución numérica, sino en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión” (VC 63).

 

Enraizada en el pasado, viviendo en el presente, llena de entusiasmo por el futuro

 

El presbítero Juan nos da una sugerencia para renovarnos, cuando escribe a una de sus comunidades vacilantes: “Acuérdate de cómo recibiste y oíste mi Palabra; guárdala” (Ap 3,3). La invitación puede servir como referencia para la vida religiosa en búsqueda de su verdadera vitalidad. Para ser fieles debemos continuamente repensar o reinventar nuestra identidad, volver a nuestras raíces, a la razón de nuestra existencia. Debemos tener valor para caminar, con frecuencia, en la oscuridad, confiados/as en la presencia de Dios; experiencia difícil que sólo se puede emprender si se tiene una profunda experiencia de Dios. La alternativa es ponernos al servicio de la sociedad dominante y por consiguiente, asegurar nuestras finanzas, nuestras obras y probablemente nuestros efectivos, corriendo el riesgo de llegar a ser una vida religiosa que parece viva, pero que está muerta (Cf. Ap 3,1). Es un verdadero riesgo, porque el mundo aprobará siempre una Iglesia, una Vida Religiosa que no lo interpela, sino que sirve a sus intereses. Una vida religiosa que desenmascara lo que está escondido, que da voz a los llamados de los oprimidos, no interesa al sistema actual, basado precisamente en la explotación de millones de personas. Una vida consagrada profética no será vista nunca con benevolencia por un poder opresor, sea civil, militar o religioso.

 

En este contexto, la Palabra de Dios resuena como sucedió en el período de crisis, hace cerca de 2600 años: “Hay esperanza para tu futuro” (Jer 31,17) proclamaba el profeta Jeremías a su pueblo. Esta esperanza tiene una base sólida, un fundamento único para un mundo nuevo: el hecho de que Dios existe y actúa. No el Dios que justifica y legitima la opresión, como lo proclama una lectura de las Escrituras, fundamentalista de derecha, sino el verdadero Dios de la Biblia, el Dios de Jesucristo, el Dios que mira el mundo y ve la miseria de su pueblo, que escucha su grito y sus sufrimientos y desciende para liberarlo (Cf. Ex 3,7-10).

 

Para muchos religiosos/as y comunidades, a pesar de las estanterías llenas de  documentos de capítulos generales y provinciales, la Palabra de Dios continúa ocupando un rol periférico en su vida y su espiritualidad. Situación preocupante, porque esto quiere decir que una parte significativa de la vida religiosa se dispensa de unos de sus elementos constitutivos: la Palabra de Dios. Así es fácil comprender por qué prevalecen los sustitutos como: celebraciones muy emotivas, búsqueda frenética de milagros, culto de la personalidad de ciertos líderes de movimientos, signos exteriores de tipo uniforme militar de la Edad Media, más evocadores de una cristiandad sangrienta y opresora que del Carpintero de Nazaret, reglas que se multiplican, mientras que la cosa más importante, la Palabra de Dios, se hace a un lado. Debemos creer que Dios, por su Verbo y su Espíritu, anima y guía la vida de su pueblo. La vida religiosa está basada en la escucha de la Palabra y en la respuesta a esta Palabra. El Concilio pedía que toda la predicación de la Iglesia, como la religión cristiana misma, -a fortiori la vida religiosa-, sea nutrida y guiada por la sagrada Escritura (DV 21).

 

Esto implica un cambio de mentalidad, haciendo de la Biblia “el alma de la sagrada teología” (DV 24) y por extensión, el alma de toda actividad evangelizadora, para que la comprensión y la oración de las Escrituras, en el interior de la Tradición, llegue a ser la fuerza motora de cada agente de evangelización y anime todas las actividades formativas y pastorales (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n°13).  Una metáfora puede ayudarnos a comprender mejor: la Biblia no es una rama cualquiera del árbol de la Iglesia, un elemento más en las prácticas de la vida religiosa, sino ¡la savia que impregna el tronco y todas las ramas del árbol! Esto quiere decir que debemos buscar pasar de “la animación de la formación bíblica”, mirada como un simple elemento más en la serie de nuestras actividades de formación inicial y permanente, a “la animación bíblica de la vida religiosa”. La Palabra viva de Dios, que va más allá de la página impresa de la Biblia, debe llegar a ser la fuente y el modelo de toda actividad eclesial. En este proceso, cuyo fin es animar nuestras vidas por medio de la Palabra de Dios, actúa el mismo Espíritu que inspiró a los autores sagrados y animó a los primeros discípulos en su proclamación de Jesús, crucificado y resucitado, Él es la clave esencial de toda la Biblia y de toda la historia humana. “Animación bíblica de la vida religiosa” no significa aumentar en nuestras comunidades el número de cursos, de encuentros y de estudios sobre la Biblia, aunque pueda también requerirse. Significa, hacer de la Palabra el eje transversal de nuestras vidas y actividades, que conduce a un verdadero “encuentro con Cristo vivo, camino auténtico de conversión, de comunión y de solidaridad” (Ecclesia in America 3,8) por la lectura y la comprensión del mensaje bíblico como Palabra de Dios, verdadero punto de apoyo y fuente de la vitalidad de la Iglesia y de la Vida consagrada, regla de vida auténtica, y fuerza inagotable de espiritualidad y de evangelización (DV 21).

 

Es evidente que la vida religiosa, hoy, atraviesa por una crisis, porque la humanidad misma está en crisis. Las crisis son siempre dolorosas, pero cuando se les hace frente con serenidad, pueden ser superadas y son incluso necesarias para nuestra madurez. Para hacerles frente, es necesario tener firmeza y coordenadas fijas. Una vez más, podemos escuchar la voz del profeta Jeremías: “Plántate hitos, ponte jalones de ruta, presta atención a la calzada, al camino que anduviste”  (Jr 31,21).

 

La gran señal sobre nuestro camino, es la Palabra de Dios, la Palabra que revela fidelidad de un Dios que nunca ha abandonado a su pueblo. Como lo expresan las últimas palabras que fueron escritas en el Antiguo Testamento: “En verdad, Señor, que en todo engrandeciste a tu pueblo y le glorificaste, y no te desdeñaste de asistirle en todo tiempo y en todo lugar.” (Sb 19,22). “Hay pues esperanza para tu futuro”, pero esta esperanza debe ser nutrida por una lectura orante y constante de la Biblia, hecha desde el punto de vista del Dios que libera, que se encarnó en Jesús, que ha aportado a todos la salvación. Este alimento espiritual, tomado en comunidad, es indispensable para que podamos crear una nueva sociedad, paso a paso. Tomemos en serio las palabras del ángel del Señor a Elías, el profeta agotado y deprimido: “Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti” (I R 19,7).

 

Nutridos/as por la Palabra y el sacramento, pensando seriamente en lo que proclamó la Dei Verbum, que “la Iglesia siempre ha venerado las divinas Escrituras, al igual que el mismo Cuerpo del Señor” (DV 21), proclamemos, por medio de palabras y de la acción profética, al mundo, a la Iglesia y a la vida religiosa misma: “Hay esperanza para tu futuro”. Pero para perseverar en nuestras opciones evangélicas por los pobres y los excluidos, es absolutamente necesario que nuestras vidas estén enraizadas en una profunda espiritualidad, basada en la Palabra de Dios, y nutrida regularmente por la Lectio Divina, hecha individualmente y en comunidad. No es suficiente hacer un profundo análisis de la escena mundial actual (aunque sea indispensable), ni experimentar una indignación ética (esencial también) delante del sufrimiento de millones de personas, nada puede sustituir el verdadero fundamento de nuestras opciones, que deben ser elecciones de fe, basadas sobre nuestra fe en el Dios de Jesucristo, el Dios del Éxodo. Esto supone asumir incondicionalmente la Cruz y alimentar nuestra fe con la Palabra de Dios, “una lámpara sobre nuestros pasos, una luz en nuestro camino” (Sal 119,105), siempre en una lectura contextualizada, desde la óptica del sufrimiento de nuestra sociedad. En una sociedad de sincretismo religioso que ofrece tantas alternativas aparentemente viables en el dominio espiritual, escuchemos atentamente la advertencia de Pablo, que delante del peligro que acecha a la elite de Corinto, de remplazar la vida de fe en Jesús por la filosofía griega, insiste: “Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo” (I Co 3,11) – Jesús, la Palabra hecha carne, cuyo proyecto nos guía y nos interpela a través de las páginas de la Escritura, para que lleguemos a ser verdaderos instrumentos del Reino, verdaderos/as discípulos/as de su misión, tejiendo juntos/as una espiritualidad de donde broten esperanza y vida para la humanidad, “para que todos tengamos vida y la tengan en abundancia”.

 


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