LA MUJER,

CON LAS MANOS LLENAS Y CALLOSAS 

Hna. Marie-Angèle Kitewo, SNDdeN 

 

Es un placer y un honor para mí, participar en esta Plenaria de la UISG que se aventura en una reflexión sobre las condiciones de vida de estas personas frecuentemente consideradas como marginadas. Siendo que la mujer –tema de mi presentación- está entre ellas, espero, a través de algunas consideraciones y observaciones, aportar mi pequeña contribución en la búsqueda de respuestas a proponer.

 

Pero sería útil desde el principio de esta breve exposición, clarificar lo que entendemos por “espiritualidad” en este contexto. ¿Se trata de una manera de pensar, que influiría en nuestra vida y en nuestras acciones? Por mi parte, propongo u ofrezco, los términos “comportamientos” y “actitudes” que me parecen más concretos y adecuados, que el de “espiritualidad”, a fin de generar esperanza y vida para todos/as. Situándome bajo este ángulo, hablaré de la mujer con las manos llenas y callosas. Ella está llamada a vivir diversas responsabilidades, con frecuencia en condiciones difíciles, no importando dónde se encuentre, o a qué nación de nuestro planeta pertenezca. Ella asegura la subsistencia y defiende la vida. Está llamada a hacer de la misericordia de Dios un valor y una realidad mundial, tejiendo lazos de paz en donde reina la violencia.

 

Jesús, elogiando a Juan Bautista, declara: « En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan (…) » (Mt 11,11).

Jesús, refiriéndose a sí mismo, se identifica con el « Hijo del Hombre », para subrayar su encarnación, por la cual « se hizo semejante a los hombres » (Fil 2,7) ; por el contrario, presenta a Juan Bautista como hijo de la mujer. Me permito una interpretación libre de esta expresión: veo en ella un eco de la grandeza de este ser original llamado: mujer.

 

¿Quién es ella ?

 

Para responder a esta pregunta, seguramente tendemos a pensar en todas estas señoras y jóvenes que cruzamos en las calles y en otros sitios de nuestras ciudades y pueblos. Pero, pensemos también en el hecho de que: Mujer « ¡Soy yo ! », « ¡Eres tú! », « ¡Somos nosotras! ». No debemos buscarla lejos; está entre nosotras, está en nosotras, puesto que lo somos todas las que estamos reunidas en esta sala. La mujer en la que pensamos, es nuestra hermana. La variedad de imágenes proyectadas es una prueba de esta característica particular que define a la mujer como un ser con múltiples rostros. 

 

A pesar de esta variedad de rostros, es importante ser capaz de poner un nombre a cada una, pero ¿qué nombre darle? Por el momento, contentémonos con presentarlas a través de una categoría arbitraria, que no tiene nada de lógica, sino que sigue simplemente lo que constatamos y vemos a nuestro alrededor:

 

« Mujeres de los campos, mujeres de los ríos » : (es una expresión tomada del poema : ‘Mujer Negra, Mujer Africana’ de Camara Laye, escritor senegalés). Son todas estas campesinas que dependen totalmente de la tierra, y de sus pequeños esfuerzos cotidianos, para subsistir.

 Primeras Damas o Ciudadanas de su país: las esposas de los jefes de Estado.

Mujeres políticas: las reinas, las ministras, las diputadas, etc.

(Báási ya kilo): Mujeres de “peso”: son las mujeres influyentes y ricas, grandes comerciantes, esposas de personas de renombre.

Mujeres viudas y mujeres divorciadas: a menudo su suerte es similar: son abandonadas, caen en el olvido, llevan solas el peso de la educación de sus hijos. Son mujeres sin derechos y sin voz.

Mujeres prostitutas, comercializadas, maltratadas : ellas se entregan o son forzadas a entregarse a la prostitución, por dinero. Son mercancía a vender o a destruir como se quiera, según el humor del «propietario».

Mujeres violadas, marginadas: representan a un gran número de mujeres víctimas de diferentes formas de humillación, de deshumanización, y del rechazo total a reconocer su dignidad, en los países en donde reina el terror de las guerras y la violencia. Durante varios meses se han acostado, contra su deseo, con los soldados y otros invasores de su país. Después han sido abandonadas y rechazadas por sus familias. Hay que contar también, en esta categoría, a un buen número de niñas.

Mujeres engañadas: por toda una gama de despreciables astucias de  malvados.

Mujeres consagradas : Todas las que estamos aquí y las Hermanas de nuestras comunidades.

Mujeres instruidas: una pequeña minoría en relación al conjunto de mujeres, en muchos países pobres; un poco más, en los países desarrollados. Ellas tienen la suerte de tener un trabajo honesto.

Mujeres... : Hay aún muchas otras que no tienen un nombre específico para designarlas. En mi país, se les llamaría: mujeres desenvueltas, que saben arreglárselas. Están por todas partes y en ninguna; trabajan mucho, pero es un trabajo que no deja ninguna huella en la comunidad donde viven; nada cambia en sus vidas.

 

En el plan social, ¿en dónde está?

 

En el plan social la encontramos un poco por todas partes, pues somos la mitad de la humanidad; pero ni las leyes ni los derechos la sitúan en igualdad con la otra mitad. A menudo la mujer no es visible en el plan social, a pesar de que lleva la carga más pesada del día. Es verdad que hay un pequeño número de mujeres visibles, que yo llamo “excepción” y que están en la cima de no importa cual pirámide y que, de vez en cuando, marcan la sociedad. Pero hay un gran número, casi los dos tercios de mujeres, que no cuentan. Con frecuencia, son invisibles porque se rehúsa reconocer y apreciar sus talentos y competencias, e inclusive son combatidos. No hay, por lo tanto, espacio en donde puedan desarrollarlos. Esto es lo que explica su ausencia visible de la sociedad. Éstas son las mujeres con las manos llenas, pues tienen mucho para dar, para construir o reconstruir nuestro mundo; pero sus manos se han vuelto callosas por el trabajo, la lucha contra las leyes y estructuras injustas que militan por la desigualdad de los humanos, y de esa manera, les impiden existir realmente. Esto ha afectado su belleza, es decir, su dignidad.

 

Basta una breve mirada sobre las realidades y experiencias vividas en nuestro mundo, a través de nuestras diversas sociedades, para preguntarse: ¿En dónde está la grandeza de la mujer? ¿Hay alguna razón para que sea ridiculizada por toda una serie de medidas, incluso en pequeños detalles? ¿De dónde viene la convicción de que la mujer es un ser inferior y que debe ser tratada como tal?

Las leyes sociales, las costumbres, las corrientes de pensamiento permanecen firmes sobre esta cuestión y son incluso citadas como referencia. Con algunas excepciones, la grandeza de la mujer es una fórmula vacía, buena sobre el papel. La realidad es totalmente diferente: la identidad de la mujer es, con frecuencia, la de la víctima, la de ser ignorada, y ausente en los lugares y foros en donde se toman las decisiones importantes, aun si se refieren a su vida. La mujer es el ser encorvado por el peso de las condiciones de su vida.

 

La constatación más dolorosa es el hecho de que, en muchos casos, la mujer misma contribuye a lo que produce su desdicha, por actos irreflexivos de sumisión que no respetan su dignidad. “Había una mujer... estaba encorvada, y no podía en modo alguno  enderezarse...” (Lc 13,11).

 

Y ahora… ¿Qué hacer ?

 

Es la pregunta de los pueblos reunidos en Jerusalén, después de haber escuchado el discurso de Pedro (Hch 2,37). Nosotras nos planteamos esta misma cuestión. Pero antes de intentar responder a ella, preguntémonos: ¿He escuchado algún grito pidiendo auxilio? ¿De quién proviene? ¿A quién se dirige? ¿Me concierne este llamado? ¿En qué medida? No podemos responder si no hemos escuchado ningún llamado, ningún grito de angustia. La cuestión puede variar, el ¿qué hacer?, se convierte en : ¿dónde estoy?,  ¿cuál es mi lugar en todo esto? Recordemos que: ¡esta mujer soy yo, es mi hermana!

 

Una persona aplastada por el peso de su carga no puede mas que pedir que se la quiten o, al menos, que aligeren su peso. Aquí, las mujeres encorvadas buscan ser enderezadas por manos llenas que vienen en su auxilio; por manos de personas-hermanas que se les acercan para hacerles compañía, hacer el camino juntas; manos de personas que las comprenden y las aman.

 

En este sentido se sitúa mi interpretación de los términos « nueva espiritualidad », empleados en el título del tema de nuestra reflexión. Para mí, se trata de una « nueva manera de pensar » que influye en nuestra vida y en las acciones que iniciaremos (después de haber sido espoleadas por lo que sucede en nuestros medios de vida). Son, sobre todo, actitudes concretas a adoptar, y que conducen a la acción de enderezar situaciones, con el fin de generar esperanza y vida para todos/as.

 

Algunas actitudes de confianza para el futuro :

 

Las mujeres encorvadas no son de hoy, Jesús las encontró hace más de dos mil años. Pero una vez que encontraron a Jesús, una nueva vida comenzó para ellas, pues Él puso fin a todos sus sufrimientos: «No llores más», dice a la viuda de Naím, que estaba «encorvada» por la tristeza causada por la muerte de su hijo único (Lc 7,14). Devolvió la vida al hijo y a la madre. En seguimiento de Jesús, estamos invitadas a ir al encuentro de esas mujeres encorvadas de nuestras sociedades que aspiran a ser enderezadas, a volver a encontrar :

 

su propio NOMBRE: hasta el presente, eran designadas por adjetivos lamentables que recuerdan sus miserias y las hacen portar la culpabilidad, tales como «divorciadas», «comercializadas», «prostitutas», «violadas», «engañadas», «abandonadas», etc. Jesús las llamó siempre por un nombre que les revelaba su propio valor: «hija de Abraham» (Lc 13, 16), «mi hija» (Mt 9,22).

 

su ESPACIO apropiado: la mujer tiene un espacio que le es único y que varía según las sociedades y las épocas de la historia. Lo que no realice ella, no será realizado. ¿Qué es lo que las religiosas, reunidas aquí, debemos hacer para ayudar a nuestras hermanas marginadas a ocupar válidamente su espacio?

 

su DIGNIDAD: sólo volverán a ser Mujeres cuando hayan escuchado pronunciar sobre ellas esta palabra vivificante: «Mujer, estás libre de tu enfermedad» (Lc 13,12). Entonces aprenderán a descubrir y a apreciar quiénes son, y lo que les es propio. El resto seguirá.

 

No es con razonamientos como se determina el futuro de la mujer. Son necesarias acciones audaces de solidaridad para hacer camino juntas, y   redescubrir esa grandeza desconocida durante tanto tiempo.

¿Estamos dispuestas para ir al encuentro de esta mujer encorvada que está ante nosotras?  ¡Es una de nosotras! ¡Somos todas nosotras!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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