EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

 COMO CAMINO ESPIRITUAL

 

 

Dr. Adnane Mokrani

  

Hablar mucho de una cosa significaría su ausencia o, al menos, la exigencia o la urgencia de su presencia. Esto me parece válido también para el diálogo interreligioso. El verdadero diálogo comienza cuando los interlocutores ya no usan la palabra diálogo;  el diálogo se convierte para ellos en una segunda naturaleza, un modo de ser y de actuar que va de sí. Dos amigos cuando hablan, no piensan nunca que están dialogando, son amigos y eso basta. La amistad no significa ser fotocopia uno del otro, pues son diversos por naturaleza. Sólo los extraños usan la palabra diálogo para señalar los límites.

 

Para mí, el diálogo es una ontología divina, humana y cósmica al mismo tiempo, que tiene un significado y un rol existencial. Desde esta convicción, el diálogo no es sólo una necesidad pragmática para administrar las relaciones entre las diversas comunidades y resolver los problemas de una convivencia en crisis; este aspecto es ciertamente importante, pero no es justo reducirlo a un departamento de asuntos exteriores, religiosos o/y políticos. El diálogo es un modo de ser y de actuar que abarca todo. Sin el apoyo de una espiritualidad dialogal, que encuentra su justa expresión en la teología y en el pensamiento religioso en general, el diálogo correría el riesgo de convertirse en una vitrina diplomática marginal y superficial.

 

Partiendo de esta observación, el diálogo no es una actividad entre otras actividades, sino un tipo de religiosidad entre otros tipos de religiosidades. Pero ¿de qué tipo de religión y de religiosidad estamos hablando? Antes de intentar responder a esta pregunta (¡quizá con otras preguntas!), comencemos por analizar el sentido y el papel de la religión.

 

Parto de un presupuesto: el rol de la religión es darnos el sentido último del mundo y de nosotros mismos, y darnos motivos para escoger y actuar a la luz de esa acepción. No sostengo que solamente la religión posee el monopolio del significado y de la motivación. Hay formas laicas de pensamiento que buscan desafiar o sustituir las formas tradicionales de la religión; se pueden considerar como pseudo-religiones o religiones simplemente, en el sentido amplio del término, porque más o menos asumen este rol religioso, como generadoras del significado.

 

En este contexto, insisto en la unidad de los diversos aspectos de la religión: la intención y la acción, la interioridad y la exterioridad, la experiencia religiosa y su expresión filosófica, teológica, artística, moral, social, política, etc. Esta unidad pide un cierto equilibrio e intercambio entre estas dimensiones. Un pensamiento teológico, por ejemplo, distante de la experiencia espiritual, corre el riesgo de ser un lenguaje de poder y de dominio.

 

Podemos preguntarnos justamente: ¿qué tipos de religiosidad permiten un verdadero diálogo?

¿Cuándo una religión, o un tipo de religiosidad, se convierte en un obstáculo?

 

Partiendo de mi experiencia y de mi comprensión del rol de la religión, sostengo que el principal obstáculo es el egoísmo, en otras palabras, el rechazo, el miedo al otro y el deseo de dominarlo, la cerrazón en los linderos del ego, y el encarcelamiento en la particularidad. En este sentido el egoísmo es antirreligioso por definición; es, simplemente, satánico. La primera palabra pronunciada  por IblÌs (Satanás), cuando Dios le preguntó por qué había rechazado postrarse delante de Adán, fue: «Yo, Yo soy mejor que él, me has creado del fuego, mientras que a él lo has creado del barro». Corán (7 : 12). (38 : 76). El primer pecado es el racismo.

 

Según esta consideración, el rol principal de la religión es liberarnos del ego individual y del ego colectivo. Se habla con frecuencia del primero, pero raramente, del segundo.

 

Primero, porque las religiones han condenado, en general, el egoísmo individual; pero siendo constructoras de comunidad, han reforzado, queriéndolo o no, el comunitarismo, o lo que llamamos hoy, el tribalismo planetario. Cuando una comunidad cesa de ser un espacio de crecimiento espiritual y se convierte en un absoluto en sí misma, se transforma en una tribu, en una prisión para la persona.

 

Segundo, porque el egoísmo colectivo está escondido detrás de un pesado velo de colectividad en el cual la responsabilidad no es muy clara. El subconsciente colectivo sabe cómo defenderse con argumentos nacionalistas o religiosos, sabe cómo hacer para justificar y adornar su racismo étnico o religioso. El último es frecuentemente menos nombrado y por consiguiente, menos condenado.

 

El racismo religioso se convierte en «rigor», «fervor» o «celo», según algunos. En ciertos ambientes teológicos se llama «exclusivismo» o «tradicionalismo». En las sociedades antiguas, a veces es tolerado, como forma de orgullo tradicionalista y conservador, un cierto exclusivismo teórico que no se traduce necesariamente en violencia.

 

Nada está garantizado. La experiencia histórica nos enseña que este exclusivismo, dicho «moderado», es el contenedor potencial en el cual nace el exclusivismo explosivo. El pasaje entre ellos es como el de las intenciones a las acciones, del pronunciamiento  del veredicto a la ejecución. 

 

Por otra parte, nada está garantizado, tampoco, en el pluralismo religioso, porque existe siempre el riesgo de ser exclusivistas con los exclusivistas, y caer así en un círculo vicioso de acción y contra-acción, del cual no se puede salir. Es simplemente una contradicción.

 

La lucha contra el exclusivismo, como portador del virus de la violencia nacionalista o religiosa, consiste en un  trabajo teológico, de base, acompañado de un largo itinerario pedagógico y educativo. Este cambio progresivo y lento depende también de la cultura y de las condiciones socio-económicas. Sabemos que la injusticia social, el empleo, el hambre, la tiranía, la tortura, la corrupción, etc., no son condiciones favorables para la apertura y el diálogo; al contrario, son factores de rebelión y de rechazo que toman, con frecuencia, formas agresivas. Para los oprimidos esta violencia podría ser un acto de supervivencia que, en casos extremos, corre el riesgo de transformarlos en opresores y  reproducir sobre los otros, lo que han sufrido.

 

Hablando en general, el diálogo interreligioso no es el centro de las preocupaciones de la gente común, en una sociedad que sufre de una falta peligrosa de diálogo a todos los niveles: entre estado y sociedad, gobierno y oposición, entre los partidos políticos, las clases sociales, entre generaciones, entre los miembros de la familia, entre nacionalistas e islamistas, entre los diversos grupos y tendencias religiosas… Delante de estos nudos, el diálogo interreligioso, que se lleva a cabo en las universidades y en los centros de estudio, no interesa a las masas hambrientas de pan y de libertad. En este cuadro el diálogo no forma parte de las prioridades de las personas.  

 

Todo esto no está privado de elementos verdaderos; el aspecto social y político es predominante en el tipo de religiosidad árabe, por ejemplo. Pero esto no justifica la exclusión del diálogo y el aislamiento de su gente. El diálogo, como he dicho antes, no es parcial sino sistemático, es una estructura mental, un espíritu que sopla y actúa en todas partes. Una reforma radical que no tenga en cuenta la importancia del diálogo, a mi parecer, está destinada al fracaso.

 

Se puede ir del diálogo ecuménico (interno) al diálogo interreligioso porque nos parece que contiene menos implicaciones doctrinales; es más agradable tratar con las personas lejanas. Introducir el diálogo en el sistema, es un reto dificilísimo.

 

Una de las formas características que puede ser obstáculo para el diálogo, es la particularidad cultural. El término «particularidad» es más neutral comparado con el egoísmo, pero ambos pueden impedir la apertura y la universalidad.

 

El viaje entre Túnez y Roma dura cerca de una hora de vuelo, pero lo que cuenta verdaderamente es el viaje mental, que tiene sus propias dimensiones. La geografía mental e imaginaria, las casas de nuestros sueños y pesadillas, influyen decisivamente en nuestro modo de ser y de comportarnos. Saltar o atravesar los muros de lo imaginario, es decir, pasar del cristiano imaginario al cristiano concreto (de todas formas, la concreción permanece relativa), es el principal objetivo –según yo- de nuestra peregrinación en el corazón del mundo.

 

El Mediterráneo une y separa dos mundos diversos. De modo general (diría, de modo simplista), los países del Magreb –por su geografía y su historia- son más cercanos a la cultura occidental, sobre todo la elite urbana; pero esta cultura es vista, frecuentemente, en su dimensión secular a la francesa, en la cual el aspecto religioso es descuidado, por no decir sospechoso. Por el contrario, para la gran mayoría de la gente magrebina, el imaginario clásico del otro (el conquistador español y el colonizador francés) ha permanecido casi intacto. Después de un largo camino de occidentalización, generalmente forzado y superficial, la relación con el Occidente ha permanecido ambigua: el Occidente odiado y amado, condenado y glorificado, anti-religioso y cristiano a la vez.

 

La cercanía geográfica o una larga estancia en Occidente no significan necesariamente un conocimiento profundo y comprensivo del otro; se necesita que los prejuicios y la memoria estén fuera de la crítica. Por eso las peregrinaciones culturales son necesarias para preparar una nueva generación que dialogue. El diálogo, hoy, es un requisito esencial para ser universal. Vivir en la presuposición de la ausencia del otro es, ahora, imposible.

 

Otro obstáculo cultural es la amplitud y la riqueza del patrimonio religioso acumulado por siglos. Las ciencias religiosas son un mundo muy amplio, se puede consagrar una vida entera a la obra de un teólogo o de un exegeta.

 

¿Desde qué parte del cristianismo puede un musulmán comenzar sus estudios, o viceversa? ¿Existe una disciplina de Cristianología homóloga a la de Islamología?

 

¿En dónde se puede estudiar todo esto? Las Universidades y los Institutos pontificios son numerosos, pero ¿dónde podemos comenzar los estudios del cristianismo? Aun  aquéllos que tienen tiempo para comenzar desde el inicio el camino académico: bachillerato, licenciatura y doctorado, deben escoger entre: Historia, Teología, Estudios Bíblicos, Patrística, Espiritualidad, Misionología, Estudios Ecuménicos… y en la Teología, se debe escoger entre: Dogmática, Sistemática, Bíblica, Patrología, Cristología, Pneumatología, Mariología…; basta abrir un Ordo de cualquier universidad pontificia para ver la abundancia de opciones; de ahí nace una cierta perplejidad al inicio, que puede ser temporal, pero que corre el riesgo, algunas veces, de causar un rechazo total o generar un conocimiento superficial.

 

El obstáculo cultural no se limita a la multiplicidad de las disciplinas, sino que se manifiesta, sobre todo, en la diferencia de lenguajes y de categorías mentales. El discurso dogmático cristiano no es fácil, sobre todo en su forma filosófica abstracta. ¿Cómo se hace para comprender un tema que parece difícil para los mismos cristianos? ¿Qué  me dice la Encarnación, la Trinidad, la Pasión, la Crucifixión, la Redención…?

 

Todas estas dificultades culturales, el egoísmo colectivo y la característica paranoica se encuentran en el nivel individual, en el corazón del ser humano. Aquí la psicología nos ayuda a encontrar la solución a los problemas de la sociología y de la cultura.

 

Se puede comparar mi experiencia romana a un hombre que sale de un contraste de luz y entra en una habitación; al inicio no ve nada, y progresivamente empieza a distinguir las cosas, después se da cuenta de que hay una silla sobre la cual se puede sentar, después descubre un interruptor para encender la luz, y así ve un libro interesante junto a la silla y empieza a leerlo… y quizá abrirá la ventana para descubrir un bellísimo jardín escondido, y así continuará...

 

 Para mí, el descubrimiento del cristianismo no es un Ordo universitario, o una bella biblioteca pontificia. Ciertamente los libros y los cursos son útiles y necesarios, pero lo más importante es el encuentro humano, la amistad. Es increíble y fascinante encontrar una persona de un continente diverso, una lengua diversa, una cultura diversa, una religión diversa… Todo parece diverso e insuperable; sin embargo, todo esto se puede no sólo comunicar sino también encontrarse uno en el otro, descubrir una unidad trascendente que constituye el núcleo de nuestra humanidad y divinidad. Tomar el Evangelio o el Catecismo de la Iglesia católica, y decir: esto es el cristiano, es un modo restrictivo y místico para conocer al cristiano. Hay tanta diversidad y pluralidad en el mundo concreto, no sólo entre derecha e izquierda, conservadores y reformistas, espirituales y canónicos, heréticos y ortodoxos… sino también entre persona y persona, entre un país y otro… y así se descubre que detrás de la clasificación tradicional de las religiones, existe otra clasificación de religiosidad. Hay cristianos que viven su fe de un modo admirable para mí, es más, me dan una dimensión más profunda y un horizonte más amplio para mi experiencia religiosa. En cambio hay otros que me hacen recordar algunos musulmanes polémicos y exclusivistas. De cualquier modo se dialoga y se aprende de todos; con los abiertos se aprende la apertura, y con los cerrados se aprende el arte de la paciencia.

 

Escuchar plenamente al otro diverso, aun cuando habla de un modo abusivo, es un examen decisivo y un desafío importantísimo para el hombre religioso, que muestra concretamente que se ha liberado del egoísmo, sea individual o colectivo, que toma, con frecuencia, formas muy desvanecidas por no decir religiosas. El diálogo mismo es un modo ascético de purificación interior. Dialogar es un modo de profundizar nuestra religiosidad, si comprendemos la religión como un descubrimiento continuo de los rostros de Dios en el cosmos y en el hombre.

 

En la confraternidad al-Shª¼iliyya piden al al-murÌd, el novicio, que distribuya agua en la mezquita. En Túnez es así. En la mezquita al-Zaytñna  por ejemplo, se ven personas prestigiosas que se inclinan delante de la gente para ofrecer una copa de agua fresca en los días calurosos estivales. Este pequeño gesto es muy significativo para quitar el falso orgullo. El servicio es el corazón de la misión espiritual que impide toda tendencia imperialista. Y no existe servicio sin la humildad de la escucha.

 

Uno de los grandes retos frente al diálogo, es la educación. ¿Cómo se hace para enseñar objetivamente la religión del otro? Ciertamente la objetividad es relativa, quizá se necesita una subjetividad positiva; un cristiano no puede presentar el Islam a sus correligionarios, y es lo mismo para un musulmán que enseña el cristianismo, sin un mínimo de implicación y compasión, sin un cierto sentido de adhesión o de identificación parcial, me atrevería a decir.

 

Debemos, también, estar atentos a no generalizar nuestras convicciones, sobre todo cuando declaramos que las intenciones son buenas. La humanidad ha conocido tantos tipos de imperialismo humanîstico, un imperialismo soft que puede parecer antiimperialista, o más bien, contra la versión hard del imperialismo. El diálogo interreligioso no es excepción.

 

En el diálogo interreligioso se condena, con frecuencia, el peligro del relativismo, es decir, la convicción de que cada uno lleva en sí mismo la propia verdad, lo que significa que no es una Verdad absoluta, sino sólo verdades concretas, particulares y privadas.

 

No quiero defender la filosofía sofística que anuncia que no hay verdad detrás de la retórica. Pero soy consciente de que nuestros contextos, lenguajes, culturas… en suma, nuestra condición humana, nos limita. La Verdad existe, por lo tanto es única, pero es plural en sus manifestaciones y conceptualizaciones. Dios es uno en sí mismo, múltiple en sus nombres y manifestaciones. Esto nos enseña la humildad, la apertura y la caridad hermenéutica. Hay una gran diferencia entre el relativismo, la privatización de la verdad, y la aceptación de la naturaleza pluralista de la verdad única; esta última actitud estimula al diálogo y al conocimiento recíproco; por el contrario, el relativismo llama a encerrarse en el recinto de la pequeña verdad.

 

Quisiera daros dos ejemplos concretos que pueden ser puntos de encuentro y de comunicación, partiendo siempre de mi experiencia. Estos dos temas ejemplares han sido para mí muy útiles e iluminativos para continuar mi camino dialogal:

 

El primer punto es la Eucaristía. ¡Parece extraño! Os preguntaréis justamente cómo un musulmán que no cree en la Crucifixión, la muerte y la Resurrección de Cristo, ni tampoco en su divinidad, puede comprender la escenografía eucarística. Hay una incompatibilidad simbólica y doctrinal que impide a la persona crecida en el imaginario islámico descifrar el sentido que está detrás de la máscara del símbolo, y así  interactuar positivamente con la liturgia eucarística; los símbolos llegan a ser simplemente mudos y absurdos. Veamos algún ejemplo:

 

En la oración islámica no se puede comer, en cambio la Eucaristía está basada en el símbolo del alimento.

 

El vino está prohibido en el Islam, en cambio, en la Eucaristía, el vino se convierte en la sangre de Jesucristo.

 

Comer la carne de una persona está unido, en el simbolismo islámico, al pecado de hablar mal en su ausencia (al-ghÌba).

 

En el plan doctrinal, la mayoría de los musulmanes, salvo algunas excepciones hoy, creen que la Crucifixión es negada categóricamente en el Corán; bien, o se cree en el Corán o en la Crucifixión. Delante a esta contradicción radical, sería mejor evitar el argumento, considerarlo como tema tabú o una línea roja que no hay que tocar.

 

En mi comprensión de la religión y del diálogo, no existen temas tabúes que no se deben discutir, sobre todo cuando se da la confianza y la amistad. No creo que los temas de la Crucifixión y de la Redención sean insuperables. El velo de la historia y del lenguaje es lo que los hace sensibles. Son verdades «transculturales», son verdades existenciales que nos aclaran y dan sentido a la vida. Los temas del sufrimiento, la muerte, el renacimiento espiritual, la esperanza… son temas humanos universales, no obstante el lenguaje simbólico usado para expresarlos; son vidas y experiencias más allá de la diversidad cultural. En este caso, para un musulmán es posible comprender el lenguaje cristiano.

 

Otras religiones usan diversos lenguajes para expresar estas realidades existenciales. Algunos Sufi han usado el parto de María Virgen como modelo de sufrimiento redentor y de un renacer espiritual de la verdadera identidad humana. El nacimiento de Jesucristo, el adviento natalicio, toma aquí una dimensión pascual de muerte y resurrección. En el Sciismo se pueden encontrar rasgos pascuales y redentores en la muerte de al-Husayn el sobrino del Profeta Mahoma. A veces los místicos han usado un lenguaje erótico para expresar la comunión y la unión con Dios.

 

No es fácil la cuestión; algunas veces me parece más profunda que una diferencia de categorías mentales; la cuestión es psíquica, radica en el subconsciente, y los mecanismos de defensa psíquica toman, con frecuencia, formas sutilísimas e indirectas.

 

Recuerdo que, recién llegado a Roma, probé participar en la Misa, sin tomar la comunión, pero acompañando, mentalmente, a la gente hacia el Altar. En un cierto momento me vino el deseo de vomitar, fue una reacción que me sorprendió a mí mismo, pues ¡me creía más tolerante! Mi subconsciente reaccionó fuertemente y físicamente por cuenta suya, sin pedirme ningún permiso. Me asustó el descubrimiento de los corredores y cámaras ocultas en la propia alma, debido a un sentimiento extraño de inestabilidad y de falta de control. El alma estaba en un estado de rebelión, quizá ésta es la locura. Y así mi nueva aventura dialogal, apenas comenzada, corría el riesgo de fracasar.

 

Quizá había quemado etapas, mi voluntad de ir velozmente hasta el fondo de la experiencia cristiana desencadenó dentro de mí las alarmas psíquicas; también el alma tiene los propios anticuerpos. Quizá había comprendido, de modo demasiado carnal y casi canibalesco, la doctrina de la «transustanciación». No lo sé, pero en todo caso  decidí no volver a la Misa para que las cosas se fueran aclarando.

 

Después de algunos meses, decidí ir nuevamente a Misa; me rebelé ante mi debilidad, y el deseo de continuar la aventura fue más fuerte. Durante la comunión, y sin pensar, como la primera vez, comencé a recitar una oración ritual para invocar la bendición de Dios sobre todos los hijos de Abraham. No fui yo quien encontró la solución, más bien, mi yo profundo halló el punto de encuentro entre mi oración, la música que vibra dentro de mi alma, y la oración cristiana, la Eucaristía.

 

En el diálogo uno no cambia su religión, pero cesa de mirarla como lo hacía anteriormente; la propia religión se transfigura delante de los ojos, como si el otro le hubiese prestado nuevos ojos. Por eso los conservadores de todas partes temen el diálogo, porque, a su parecer, disturba la tranquilidad del alma y se corre el riesgo de causarles su ruina. Los riesgos existen ciertamente, pero la vida misma es un riesgo.

 

Comprender y apreciar el cristianismo no significa necesariamente ser bautizado. Pero en mi caso, el cristianismo ha llegado a ser una parte de mi formación y de mi bagaje cultural; puedo decir, también, de mi identidad, si comprendemos la identidad como camino evolutivo complejo, que comprende lo que hemos heredado y lo que hacemos y adquirimos. Una vez superado el primer choc y haberse familiarizado con el nuevo lenguaje y con sus conceptos, se puede incluso, ser creativo en este espacio simbólico.

 

El segundo punto de comunicación con el Cristianismo es su dimensión liberadora, en relación a la justicia social y a la solidaridad con el pobre, los marginados y los oprimidos. Esta dimensión hace al aspecto espiritual más activo y significativo, sobre todo en los países del Sur del mundo. Por este motivo, la Teología de la Liberación, la Teología Negra, la Teología de la mujer, etc… han sido muy útiles para discernir un discurso cristiano comprensible.

 

En esta línea, el concepto de la misión, da’wa , toma otras dimensiones, llega a ser una cooperación para la realización o la humanización del ser humano y de la humanidad. ¿Qué quiere Dios de nosotros, juntos? Y ¿qué tipo de hombre queremos educar? Quizá exagero un poco cuando hablo de una misión interreligiosa; esto parece lejano, pero veo los signos de hoy, no obstante las catástrofes que nos rodean.

 

Para salvar nuestra Casa común, la Barca celeste, es necesario tener el valor de dar un paso decisivo, expresivo y comprensible hacia el otro; acoger, como el otro nos acoge y nos invita a su casa.

 

 

 

 

 


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