MIGRANTES, DESPLAZADOS/AS

 Hna. Christiane Lorcy, FJ 

 

¿Quiénes son estos desplazados, estas deplazadas con los/as que vamos a pasar unos momentos para dejarnos tocar e instruir por ellos/as?

 

Algunos rostros :

            Está el Sr X, periodista, que solicitó asilo y fue acogido como refugiado político en un país europeo; ha denunciado los abusos y las corrupciones de miembros del gobierno de su país; está expuesto al arresto, a la tortura o a la muerte. Tuvo que dejar su país.

            Está Cecilia que vio a los guerrilleros matar a su marido y a dos de sus hijos delante de ella, y que escuchó decir: «si no te vas antes de mañana, te matamos a ti y a tus otros hijos». Obligada a abandonar sus tierras, llegó desprovista de todo, a un refugio en la ciudad vecina.

            Está Mamadou  que no logra sacar adelante a sus padres y a su familia. Da todo lo que tiene y se embarca en uno de los «navíos de la muerte» que lo conducirán, quizás, hasta las fronteras italianas, francesas o españolas. Hay algunos/as que viven el mismo drama a lo largo del muro que se construye entre México y Estados Unidos.

            Está Kouakou que sueña en convertirse en una estrella del fútbol y que muere en la travesía del desierto intentando llegar a las costas de África del Norte. El de su amigo encontrado muerto de frío en el tren de aterrizaje de un avión en donde se escondió para intentar su suerte.

            Están tantos otros y otras que se han arriesgado y que después de haber vencido mil peligros, después de una vida de clandestinos, caen en las redes de la policía y son regresados por la fuerza a su país de origen, con la vergüenza en el rostro y la desesperanza en el corazón. En la primera ocasión lo intentarán de nuevo.

            Están las refugiadas y refugiados de los países en guerra; guerras civiles u otras, en muchas partes del mundo, que acrecientan el número de los que viven en los campos de refugiados instalados a lo largo de las fronteras y que viven en condiciones inhumanas y sin esperanza.

            Están los inmigrados que acampan, en plena indigencia, en las colonias, en las estaciones de tren y en los puertos del norte de Francia, esperando escapar a los controles de vigilancia para pasar a Inglaterra… Frecuentemente son condenados al vagabundeo, a la dependencia de la caridad, si ésta existe, y acaban acrecentando el número de los que no tienen casa y rompiendo las relaciones con sus familias por sentimientos de fracaso y desaliento.

            Están los indocumentados que viven acosados por el miedo a ser arrestados; están las mujeres de Europa del Este, o de otras partes, engañadas por estafadores, reclutadores en la inmigración y que son reducidas a la esclavitud de la prostitución; están los miles de trabajadores en los talleres clandestinos, explotados como esclavos, reducidos al silencio porque son residentes ilegales. Entre todos ellos, ya se sabe, las mujeres están particularmente expuestas a abusos diversos, discriminación y explotación económica y sexual.

 

            La lista es larga aún, y cada una puede hacer desfilar ante sus ojos algunos rostros y recordar situaciones semejantes.

 

Hablamos de los desplazados en éxodo en su propio país, en el interior de un mismo continente; de los desplazados que emigran hacia otros países, otros continentes; de los que piden asilo, de los exiliados, de los refugiados políticos o por violencia, de los migrantes que huyen de la miseria… Sí, es de ellos, de ellas, que hablamos…

 

El fenómeno migratorio no es nuevo. Existe desde siempre. Naciones y pueblos enteros se han construido magníficamente integrando a desplazados e inmigrados. Hoy, sin embargo, esta cuestión se ha vuelto crucial por la amplitud de los flujos migratorios, flujos que no dejan de crecer.

 

Dar cifras a nivel mundial es difícil. Están las de la Alta Comisaría de las Naciones Unidas a los Refugiados, el HCR que anuncia 19 millones en 2004; pero estas cifras se refieren sólo a la categoría de refugiados en los campos establecidos por los conflictos de guerra. El Servicio Jesuita de Refugiados habla de 45 millones de desplazados y refugiados, pero todas las categorías de migrantes no son contabilizadas. La ONU, de hecho, publicó que en 1980 había 99 millones de migrantes en el mundo y en 2005 eran 191 millones.

 

La cuestión es también crucial porque se ha convertido en un fenómeno mundial. Concierne a numerosos países, si no es que a todos, tanto del Norte como del Sur.

 

No me voy a arriesgar a nombrar a los países más afectados, aunque en estos últimos meses la gravedad de la situación ha puesto a Darfur y a Sri Lanka delante de la escena, pero en general los desplazamientos masivos de la población se hacen en el silencio o la indiferencia, sea porque no son relevados por los medios de comunicación o porque la información es sofocada.

 

            Es difícil, también, nombrar los países pues la cuestión de la migración debe ser considerada a partir de dos puntos de vista diferentes y a la vez inseparables:

desde el punto de vista de quienes quitan su lugar de nacimiento y de vida,

y desde el punto de vista de los países a donde se va y a quienes se pide asilo.

Es muy posible que todas las que estamos aquí nos veamos afectadas por las dos vertientes de este problema: la partida y la llegada. Son indisociables pero nos afectan diferentemente según la parte del mundo en donde vivimos. Yo las evoco al mismo tiempo, es una manera de no caer en el simplismo frente a este grave problema humano. 

 

¿Cuáles son los problemas que plantea la inmigración a los individuos y a los Estados?

 

El de la patente injusticia entre los países ricos y los países pobres, globalmente, el norte y el sur. ¿Hasta cuándo y hasta qué punto los primeros tienen derecho a cerrar sus fronteras y a preservarse de lo que algunos no dudan en llamar invasión?

El de la garantía, en los países que acogen; buenas condiciones de integración para los inmigrados. ¿Hasta qué punto se pueden asegurar condiciones dignas, de vivienda, de trabajo, de formación y de educación para los niños/as?

El de la capacidad de vivir juntos en los lugares y en las ciudades en donde se mezclan diversas culturas, diversas maneras de vivir, diversas religiones y donde la violencia puede estallar, de repente, por incomprensiones y frustraciones.

¿El problema de las mentalidades a transformar en el país de acogida, pero también en los recién llegados, para que sea desterrado el racismo, el desprecio de las otras culturas, la discriminación por el color, las facciones, el acento o la religión? Cambiar, también, mentalidades para que las poblaciones consideren la inmigración no sólo desde el ángulo negativo de los problemas que ocasiona, sino también, bajo el ángulo de su aporte positivo y constructivo para el país que acoge.

¿El de la instauración, entre países exportadores de inmigrantes y países receptores, de nuevas relaciones políticas y económicas, nuevos partenariados en vistas a un desarrollo local susceptible de provocar la inversión del movimiento migratorio; es decir, que en lugar de cerrar sus fronteras a los inmigrados, estos países sostengan a los países pobres en sus esfuerzos por crear en ellos una economía que asegure la subsistencia digna de todos? Al respecto, no hay que olvidar que, aun en la situación actual, los migrantes contribuyen poderosamente al desarrollo de su país de origen. No sólo ayudan a su familia sino que se constituyen, con frecuencia, en asociaciones que financian en su país micro realizaciones: pequeños comercios, talleres, pequeñas empresas, etc.

Y hay tantos otros problemas a enfrentar y a solucionar…

 

Y ahora, a nosotras que estamos aquí, ¿en qué y de qué manera esta cuestión nos afecta?

 

            Desde el punto de vista humanitario y moral, no puede dejarnos indiferentes. Pero esto va más lejos. Como creyentes, discípulas de Jesús, bautizadas, consagradas, enviadas para dar testimonio del Evangelio, nuestra responsabilidad está comprometida.

 

            Sabemos que en el Antiguo Testamento numerosas veces se menciona al inmigrado, al extranjero. Abraham, llamado por Dios, deja su país y se convierte en extranjero en un país que no conocía. Jacob y sus hijos descienden a Egipto para escapar del hambre. Sus descendientes experimentarán la suerte de los inmigrados despreciados, sometidos a trabajos forzados y reducidos a la esclavitud, hasta que Yavé pide a Moisés que los libere. Largo éxodo en el desierto antes de la Tierra Prometida en donde tuvieron que luchar para tomar el lugar. ¿De qué manera, los originarios  de Canaán  experimentaron la llegada de los israelitas a la Tierra Prometida? La Biblia no hace esta lectura, pero podemos interrogarnos…

            No vamos a recorrer la historia de Israel, pero sabemos que la experiencia de la inmigración forma parte de la historia del Pueblo, y aún más, forma parte de su profesión de fe.  Leemos en Dt 26 “Delante del Señor tu Dios, dirás: ‘Mi padre era un arameo errante y vivió como inmigrado’ y en Lv 19, 34 : “Al forastero que reside junto a vosotros, le miraréis como a uno de vuestro pueblo y le amarás como a ti mismo; pues forasteros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto” … La viuda, el huérfano y el extranjero son evocados, conjuntamente, como debiendo ser el objeto de una atención particular: forman parte de los pobres, de los pequeños, de aquéllos/as que hay que proteger.

 

            El Nuevo Testamento nos lleva a meditar la condición de Jesús que nace durante un viaje impuesto por la autoridad política, y que debe huir de la violencia de Herodes y exiliarse… Por medio de parábolas que importunan a quienes las escuchan, a través de algunas acciones simbólicas, Jesús perturba la buena conciencia judía convencida de que el extranjero estaba excluido de la salvación mesiánica. Pensemos en el Buen Samaritano, en la Siriofenicia, en el Centurión, en las alusiones que hace a la viuda de Sarepta, a Sodoma, Tiro y Sidón, ciudades paganas que precederán a Israel en el Reino.

 

            Esto es más que suficiente para arraigar nuestro interés y nuestra responsabilidad en el grave problema mundial de los desplazados y deportados de todo tipo.

 

Volvamos aquí, a nosotras, y a los miembros de nuestras Congregaciones :

 

¿Cuándo, dónde, cómo, he tenido la experiencia de sentirme desenraizada, extranjera, perdida en un país que no era el mío? ¿Cuáles han sido mis sentimientos? ¿Qué fue lo que me permitió situarme y sentirme pronto en casa?

¿Cuáles son los gritos, las angustias que hemos percibido respecto a los desplazados? ¿Estamos listas para darles un sitio en nuestras vidas, en nuestros lugares, en nuestros presupuestos? Quizá ya existe ese sitio, pero ¿cómo podemos ir aún más lejos?

¿Qué podemos imaginar para que nosotras mismas y nuestras hermanas vean la magnitud de este reto mundial?

 

Recordemos Mt 25 : tuve hambre, tuve sed, estaba desnudo, enfermo, en prisión, era extranjero…

Discípulas de Jesús, religiosas, ¿seremos parte de la muchedumbre, de esos hombres y mujeres anónimos que no han conocido el mensaje evangélico pero que, acogiendo a sus semejantes en el extranjero, acogieron al Señor mismo?

 

Es un hilo a tejer, un signo a dar, una línea espiritual a trazar, un don del Espíritu a recibir para que con nuestros hermanos y hermanas en humanidad construyamos el Reino de Dios, la casa de Pentecostés.

 

 


INTRODUCCION
A NOTICIAS
Y EVENTOS

REUNION PLENARIO 2004

EVENTOS ACTUALES

FOTOS

NOTICIAS

COMUNICADOS
DE PRENSA