ACOMPAÑAMIENTO A INMIGRANTES MENORES

Fragmentos de un diario

Julia García Monge

Hoy Ornar ha hablado conmigo a corazón abierto. Es casi imposible definir a este muchacho sin cargar las tintas, dados los continuos problemas que crea en la convivencia diaria con compañeros y educadores. ¿Hay maldad detrás? Está claro que no. ¿Desequilibrios psíquicos? Probablemente. Pero lo que es seguro es que con una historia como la suya es difícil sobrevivir, mantener el equilibrio, confiar en las personas, madurar, en definitiva.

Primero está la necesidad, la falta de futuro. Después los cantos de sirena, los engaños de las mafias, el País de Jauja que te espera. Hay que organizar el viaje, convencer a la familia para que te permita emanciparte con apenas quince años. No hay dinero. ¿Cómo atravesar media África y cruzar el Estrecho, "ese abrazo de la muerte"? El padre, urgido por un adolescente duro y persistente, hipoteca su casa humilde y vende las pocas pertenencias que pueda tener. El hermano gemelo, entonces, se empeña en seguir los pasos del que tiene más iniciativa y la desgracia se ceba ya en esa familia para los restos. Llegan a Marruecos, donde una funcionaria, tras sacarles el poco dinero que les resta, les dice que estén al día siguiente en el aeropuerto para tomar un avión. Ella estará esperándoles con los billetes y un pase que les permita viajar a España. Como es de suponer, llegado el momento, la bendita funcionaria no aparece, así que hay que conseguir más dinero y optar por las mortales pateras. Con todo el miedo metido en el cuerpo y en el alma, deciden no retroceder y embarcan, al amparo de la noche y con los dedos cruzados. En mala hora: esa noche los locos espíritus del mar deciden salir de jarana, convirtiendo el viaje en un auténtico infierno. Olas de metros hacen de la patera una cáscara de nuez llena de hormiguitas aterrorizadas. Y lo que tantas veces ha sucedido se repite una vez más: la patera se parte en dos, justo por el centro, justo donde viaja el hermano de Ornar. El mar tiene buen apetito, pero no es insaciable, así que únicamente devora al gemelo y a varios viajeros más, respetando la vida de otros cuantos, entre ellos la de nuestro amigo, quizá para que pague su atrevimiento con la culpabilidad y la amargura que ya nunca desaparecerán.

De cualquier manera, él ya está en la tierra de promisión. Es menor y tendrá la oportunidad de entrar en un sistema de protección. Entonces, ¿por qué su dolor no cesa y su personalidad se vuelve más y más atormentada? Seguramente porque antes que menor es considerado inmigrante. Porque es parte de unas estadísticas, un número perdido en las políticas de inmigración - ¿quizá el 1.230.050 de los inmigrantes y el 628 de los inmigrantes menores, por ejemplo?-, para el que existen varias leyes "disuasorias" (de extranjería, de asilo...) y "uniformantes" (educación, protección del menor...) que no dejan ni un pequeño resquicio a la individualidad, lo único que permitiría contemplar de verdad "el bien superior del menor". Tendrán que pasar nueve meses antes de que se empiecen a tramitar sus papeles, transcurridos los cuales se pondrá en movimiento una pesada maquinaria administrativa que necesitará, con suerte, otros nueve para llegar al buen puerto del permiso de trabajo. Entre tanto, como no ha podido enviar ningún dinero a su padre, éste pierde la casa hipotecada y se queda en la calle con lo que resta de familia. Ornar podría estar trabajando desde los dieciséis  años, edad laboral, y enviando algún dinero que mitigase la suerte de los suyos y su culpabilidad, pero la administración que protege nuestros intereses tiene las cosas claras y dice "¡no vaya a ser que esta historia termine bien y vengan más! "Así que, claro, la historia, al menos de momento, no termina bien; Omar ha de pasar por tres centros educativos que no responden ni a sus expectativas ni a sus necesidades ­ prepararse laboralmente para trabajar cuanto antes ­ y aún no ha podido acceder a los estudios de Garantía Social, porque ha cumplido los dieciséis años cinco días más tarde de lo previsto por los planes formativos. Piensa en los suyos permanentemente, en el drama que ha provocado en su familia, en que está dispuesto a partirse el espinazo para que la situación mejore y, sinceramente, no entiende este "sistema de protección" que le impide redimirse. Ya no duerme por las noches y no es capaz de confiar ni en su sombra. Así que un día estalla y tienen que venir a recoger los pedacitos los señores forzudos de urgencias psiquiátricas; le ingresan, le atan a una cama, le ponen una inyección  para que se tranquilice y, al menos durante unos días, duerme y descansa de la agonía. Con los recursos alternativos que el Instituto Madrileño del menor y la Familia ha puesto en marcha en los últimos años parece que la situación va encauzándose, pero el tiempo perdido por no "individualizar" su caso no se recuperará y las heridas tardarán más, mucho más, en cicatrizar.

 

Fragmentos de un diario: El misterio y las esperanzas de una nueva historia  

Nos han llamado de la Oficina de Asilo y Refugio. Hay un niño en la zona de rechazo del aeropuerto de Barajas que lleva allí dos días. Nos piden que vayamos a recogerlo y que, hasta que se aclare su situación familiar, viva con nosotros. Nos han dicho que tiene unos catorce años. Cuando llegamos, vemos a un niño menudo y de rasgos indios que difícilmente llegará a los doce. Nos mira aterrorizado. Nosotros nos convertimos en prodigadores de sonrisas y gestos de cercanía, procurando romper la primera barrera sin abrumarle. Todo su equipaje consiste en un pantaloncillo corto y una especie de cazadora de algún material plástico. Cuando llegamos a la Casa de la calle Castelar, pedimos a un chico de lo más mayores que le ayude a ducharse. Después nos vamos con él a una tienda de deportes a comprar un chándal y unas deportivas. Para endulzar un poco la situación, nos tomamos un helado de fresa. Por la noche celebramos el cumpleaños de uno de los jóvenes que reside en los Pisos de Autonomía. Le invitamos a que se venga con nosotros. No sabe una palabra de español, aunque chapurrea cuarenta o cincuenta, no más, en inglés. Good - no good, muchos gestos, nuestros y de él, sonrisas, miradas de complicidad... ¡Pero bueno, cómo es posible! Apenas han pasado tres horas y ya nos está tomando el pelo a todo el equipo educativo, poniendo la zancadilla a una voluntaria y jugando al parchís con algunos de los jóvenes del piso.

Todos los responsables más directos de su futuro en España durante los próximos meses miramos asombrados. Se nos cae la baba, la verdad sea dicha. Pero a mí, de repente, me entra pánico. Me abruma la responsabilidad. Es casi un niño, un niño pequeño. ¡Qué diablos hace a miles de kilómetros de su tierra y de su gente! ¿Se entenderá con los chicos más mayores del centro? ¿Sabremos realmente lo que necesita de nosotros y seremos capaces de dárselo? ¿Nos dejará? ¿Nos dejarán los que lo han puesto en nuestras manos, en un arriesgado acto de confianza?

Esta es una experiencia que se repite regularmente con cada nuevo menor que llega a nuestras Casas, fruto del miedo y de las esperanzas que despierta en nosotros cada nueva historia. No sé qué puede más. El caso es que nos ponemos a trabajar, dando unos pasos más o menos fijos, ya contrastados por la experiencia de quince años, y que nos van sirviendo para dar respuestas eficaces, integradoras y generadoras de autonomía.

 


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